«Antonio estaba mal, pero no quiso cogerse una baja»

Bea Abelairas
Bea Abelairas A CORUÑA

A CORUÑA

Crónica | Drama en O Peruleiro El hombre que apareció muerto y devorado por su perro el jueves había nacido en Monte Alto. Sufría una gravísima dolencia de hígado, pero siguió cogiendo percebes hasta el día en que falleció

27 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

?a muerte le sorprendió lejos de la marea, donde todo el mundo creía que se jugaba la vida. El percebeiro Ángel Antonio Gandoy Turnés, de 54 años, murió en su casa de la avenida del Peruleiro -una vivienda de planta baja con cortinas de Nunca Máis-, probablemente hace más de cinco días. Los mismos que enloquecieron a su perro Cron, un labrador de un año, al que casi todo el vecindario adoraba. «Un cachorro es un animal y no una persona que deba razonar», recordaba el viernes un allegado de la familia. Los investigadores afirman que están casi seguros de que el can devoró un pie y parte de una pierna de su dueño. Los que alguna vez acariciaron la cabeza negra del chucho quieren creer que se sintió solo, solísimo y no fue capaz de reconocer a su dueño en un cadáver que comenzaba a descomponerse. Después, actuó el instinto. El mismo que provocaba que Ángel le llevase la contraria a todos los que le recomendaban que dejase de trabajar. «Últimamente estaba mucho peor de salud, tenía hinchadísimo el abdomen. Le repetí varias veces que cogiese una baja, que no debía trabajar así, pero ni siquiera se lo planteaba», recuerda un familiar con el que mantenía una relación muy estrecha. «Somos de Monte Alto, él se quedó huérfano muy pequeño y se vino a vivir con mis padres, que eran sus padrinos. Para mí era mi hermano», asegura esta mujer. Ángel se casó jovencísimo, pero pronto se divorció. «Tiene tres hijos, dos chicas y un chico, que se llama como él y es actor en Barcelona o París, o tal vez en ambos sitios», recuerda un amigo. «Con la vida de mi hermano tienes para varios libros. Vivía como pensaba, pero era buena persona. No creo que nadie, ni las madres de sus hijos ni ellos mismos tengan nada que reprocharle», sentencia. Coraje Casi todos los percebeiros de la ciudad visitaron el viernes el velatorio de su compañero. Algunos confesaban que lo echaron de menos esta semana; otros se asombraban de que hubiese podido compatibilizar el marisqueo con una enfermedad tan grave durante una década en la que estuvo esperando un trasplante. «Tenía una libreta en su casa en la que nos dejábamos notas. Una de las últimas decía: 'Estoy en la marea'», repetía Quique, la persona que descubrió el cuerpo. Durante las primeras horas después del macabro hallazgo, Quique aguantó el tirón de avisar a la familia, responder a la policía y tratar con los responsables judiciales. El viernes se camuflaba entre la multitud de amigos y conocidos que se acercaron al velatorio. Todos evitaban mirar a la pantalla en la que se anunciaba que hoy a ayer era la cremación.