La solidez del «kapellmeister»

| CÉSAR WONENBURGER |

A CORUÑA

CRÍTICA MUSICAL

20 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

LA MÚSICA de Chopin fluye como el agua de un manantial; lograr expresar esa naturalidad de las composiciones del polaco no está al alcance de cualquier intérprete. Primero, es imprescindible una técnica de primer orden para sortear los escollos de una escritura pianística virtuosística, y luego, exhibir una musicalidad sin tacha para que las interpretaciones parezcan casi fruto de la improvisación. Por último, hacerle justicia al alma apasionada, exaltada y romántica del creador exige un buen uso de la libertad a la hora de interpretar hasta conseguir lo casi imposible: que lo conocido suene nuevo, sin apartarse mucho del original, o sea, sin caer en lo extravagante, tan del gusto de algunos pianistas jóvenes. Ewa Pupiec tiene sobradas cualidades para ofrecer un Chopin interesante, sin deslumbrar. Posee una técnica importante, claridad expositiva, amplia gama dinámica e inteligente musicalidad para extraer la vena melancólica que hay en la obra del autor, en posesión del íntimo secreto de la melodía, sin caer en la ñoñería. Quizá se le pueda echar en falta el último requisito del gran chopiniano: la libertad, el completo sentido del rubato, ese especial titubeo en el ataque que Liszt definió así: «Ved un árbol que se agita en el viento. Entre sus hojas pasan los rayos del sol. Se produce entonces una luz temblorosa. Eso es el rubato». Al éxito de la primera parte contribuyó el soberbio acompañamiento de Skrowaczewski, al frente de una inspirada Sinfónica. El octogenario director -quién lo diría, viéndole sobre el podio- casi hizo olvidar que Chopin era un orquestador bastante elemental. Skrowaczewski, con aspecto y maneras de kapellmeister , sirvió luego un Bruckner para el recuerdo, en línea con la solidez de ideas de pretéritas, ilustres batutas centroeuropeas, como Jochum o Klemperer. Con una OSG entregada, soberbia, el director trazó una Segunda modélica, dosificando intensidades (estremecedores pianissimi ), clarificando texturas y planos, logrando el equilibrio entre el recogimiento de los momentos más líricos y las explosiones demoníacas del scherzo, recreándose en la belleza del sonido; pero sobre todo, sacando a la luz toda la expresividad de los elocuentes silencios de una sinfonía que, no en vano, es conocida como la