HERCULÍNEAS | O |

06 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

MI COCHE me ha retirado la palabra porque cree que a partir de ahora viajaremos a menos de cuarenta. «Si lo haces, me quemas el embrague y te pongo de patitas en la calle», fueron sus últimas palabras. Ahora sólo gruñe. Al principio pensé que le dolía el precio de la gasolina y decidí llevarlo por urgencias, donde (toma ejemplo, Canalejo) sólo esperamos veinte minutos, que aprovechó para tontear con una Harley. «No es nada orgánico. El problema es, fundamentalmente, de cabeza, y aquí no hay especialistas que lo traten», me explicó su mecánico en un aparte. «Necesita más atención y más cariño. ¿No se da cuenta de que lo está perdiendo?», zanjó el matasanos. Días después, mi Polo, que es un poco borde, pero no tonto, notó que algo raro sucedía, y por fin se decidió a despegar los labios: «¿Y a cuento de qué me regalas estas alfombrillas y este ambientador de pino?, ¿pero tú te crees que me olvido de lo que me has hecho estos años, todo el santo día esperando en doble fila, metido en los atascos de Lavedra y aguantando a tipos a los que les da por cortar el tráfico en la Marina y en Os Castros?». Mucho me temo que lo que en verdad le pasa es que le gusta la Harley esa de urgencias, pero no se atreve a confesarlo por miedo a hacerme daño. Pues casi que ya me estoy cogiendo un bus urbano. laureano.lopez@lavoz.es