HERCULÍNEAS | O |
25 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.HAN PASADO ya veinte años de la muerte de Julio Cortázar. Se multiplican las publicaciones sobre sus relatos y su impagable Rayuela , que yo sólo puedo leer en la copia medio putrefacta que conservo de la edición de 1975 de Edhasa, un volumen de tapas negras envenenado por la erosión, desvencijado por el roce de las pupilas y las horas. La página 401 ya se ha desgajado del fragmento número 56 y amenaza con huir de la novela, llevándose por delante a la Maga. Pero hay capítulos que se aferran a los lomos, como el número 3, el tercer cigarrillo del insomnio se quemaba en la boca de Horacio Oliveira y así, pese a la dentellada que lucen sus páginas, o el 23, parado en una esquina, harto del cariz enrarecido de su reflexión y demás, que aparece salpicado por un extraño sarampión amarillo. La primera vez que abrí este libro que hoy se me cae a pedazos entre los dedos, la primera vez que me asomé al precipicio literario del ¿Encontraría a la Maga?, fue en el Café Hércules, un rincón de los Olmos con un jardín caótico que en realidad no era un jardín y un montón de sillones rojos desventrados. Desde entonces, no me desprendo de sus capas negras, sobre las que se dibujan las nueve casillas de la rayuela que, según el juego infantil, conducen de la tierra al cielo. luis.pousa@lavoz.es