HERCULÍNEAS | O |
12 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.VIERNES, tres y media de la tarde. Es la cita semanal. Llegan los dos a una cafetería de la Marina. Ella camina con pasos cortos, dejándose llevar de la solícita compañía. Se sientan en el lugar habitual y piden lo de siempre: Té con limón y café. Luego hablan de la vida, del futuro, de los silencios y, sobre todo, de él. Ella recuerda cómo sus vidas se enredaron un verano dando vueltas a la calle Real. Iban a celebrar las bodas de oro de su noviazgo, como dos jóvenes enamorados, cuando a él se le paró el corazón. La falta de latidos la dejó paralizada y puso al descubierto uno de esos amores que, como dice el viejo bolero, «ya no se estila, dicen que no se estila...». Ella recuerda que veía la televisión o escuchaba la música que le gustaba a él; iban a Riazor por lo mismo (a ella no le gusta el fútbol); asistían a la misa dominical, algo que ella abandonó; salían con sus hijas, ahora tres bálsamos para mitigar su nostalgia. A veces le brillan los ojos, asoman las lágrimas, pero resiste y sigue. ¿Y qué puedo hacer?, pregunta, mientras el acompañante la deja en la peluquería, como cada viernes. En estos días de empalagoso sentimentalismo mercantil que desfigura los verdaderos amores, ella debería impartir un máster, de obligada asistencia, para enseñarnos a querer.