HERCULÍNEAS | O |
15 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.SI ESPAÑA fuese un tablero de Risk, cualquier jugador acuchillaría por conquistar A Coruña o Cádiz. Es lo que tienen los puertos de calibre y con fortaleza, que la historia los une a cañonazos. Eso ya valdría un hermanamiento, que vendría además con la cohorte de parecidos de rigor. Pero lo que lo que hace una unión inevitable es pasar las de Caín contra el mismo desgraciado. Y tanto una como otra han tenido en el camino a varios miserables de renombre. El primero, Drake, tiene cierta disculpa. Al fin y al cabo era un pirata y nunca ocultó sus intenciones. Se pasó a cuchillo a unos cuantos coruñeses y voló un par de galeones en el puerto de Cádiz. Se llevó de recuerdo un par de tajos. El odio común une. Un par de siglos más tarde Cádiz se convirtió en la legendaria Sala del juego de pelota de España. Puso sobre los hombros del país la constitución más avanzada de su tiempo, y eso tuvo su precio en sangre. Que, casualmente, la puso A Coruña. Ambas se enfrentaron a uno de los mayores miserables que han pisado este trozo de tierra, Fernando VII. Y las pasaron espesas. Es lo que tiene el sufrimiento común. Que une. juan.gomezaller@lavoz.es