HERCULÍNEAS | O |
12 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.EL TURISTA, apuntaba Paul Bowles, se apresura a regresar a su casa después de unos días, mientras que el viajero se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la Tierra. Así que, como lo que precisamente nos sobra es la lentitud de los años, podemos tirarnos uno o dos lustros viajando con sosiego por los esquinones y las sombras de A Coruña, husmeando cada losa y cada fisura. Aunque la mejor perspectiva para rastrear la ciudad la damos ya por perdida, porque es la del niño que estudia el mapa del universo a escala real. Ese pequeño astronauta que examina el planeta a ras de suelo -palpando, olfateando y escrutando cada átomo de realidad- ya no volverá a habitarnos, pero todavía podemos explorar los baches y los charcos acariciándolos con las suelas horadadas de los zapatones del adulto. Los zapatones del viajero, perdido en su laberinto doméstico. En lugar del vuelo chárter atestado de extraños tipos con gafas de sol y camisas globalizadas, lo que coge el viajero es un coche desvencijado para ver, desde el ventanal, la película de A Coruña, la laica procesión de personajes y barrios que se deslizan por la pantalla empañada de lluvia y anhídrido carbónico. luis.pousa@lavoz.es