En directo | Los versos de un poeta maldito Atlántica Centro de Arte clausuró la exposición de fotografía de Yolanda Ferrer con un espectáculo de poesía hablada, recitada por Carlos Oroza
27 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.?s un poeta maldito, el enfant terrible de Galicia. Y es que a falta de Rimbaud, nos salió un Oroza. Anoche fue el invitado de honor del acto de clausura de la exposición de fotografías de Yolanda Ferrer. Y así es cómo transmite este bohemio de los versos. A la hora prevista se apagan las luces, después de muchos aspavientos del que parece el regidor del espectáculo. Suena una música celestial, casi casi de canto gregoriano. Cae el silencio. Aquí parece que van a confesar a alguien. Es entonces cuando surge la confusión. «¿Dónde estoy?» recita una voz. Los asistentes ya tienen sus dudas. Parece que no saben si estamos en un acto eclesiástico o en una galería de arte. Pero en ese momento se levanta Carlos Oroza, que desde la primera fila camina lentamente y se acerca a un atril. Coloca las manos en cada uno de los extremos, no como un político, sino como un poeta, y así empieza a recitar. Imagen y poesía «Las palabras sueñan que las nombro», se escuchaba a Oroza. Y fueron esas palabras las que hicieron eco, apoyadas por un vídeo-poema llamado Cabalum . Ya llegamos al medio de la presentación y este poeta pierde la compostura, pero no por maleducado, sino por pasión. Camina entre las filas de los asistentes y su voz sube y baja, como el ritmo de los versos. La sala se agita con sus poemas. Hasta parece que se le ha erizado un mechón que tiene rebelde. Porque Oroza transmite con sus palabras, pero también con la intensidad que les imprime. Predicador de masas Muchos conocerán a este poeta más por sus actos que por sus versos. Pero la verdad es que es todo un predicador de masas. Consigue casi lo imposible en estos tiempos: que te escuchen. Y lo hace con su castillo de palabras, que a veces se entremezclan tanto que es difícil cogerle comba. Con su voz profunda, fue capaz de recitar durante más de una hora; y sin beber ni un trago de agua. De carrerilla y sin equivocarse. Sólo el chasquido de algún flash de las fotografías que le estaban sacando fue capaz de descentrarlo por momentos. «No hay más bondad que la que emana de la inteligencia», comenta mientras hace que los papeles se agiten en sus manos. Con bondad, con inteligencia.