HERCULÍNEAS | O |
23 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.CINCUENTA metros mas allá, a su derecha, había un paso de peatones con semáforo. Es la confluencia de las calles Juan Flórez y Santiago Gómez. Lo mismo si decidía tirar hacia la izquierda: paso de peatones y semáforo sonoro. Pero no, quiso atajar. Con sus más de sesenta años no se amilanó ante los tres carriles atiborrados de coches que tenía delante. Cruzó el primer carril. Bien. Un camión que circulaba por la vía central casi le revienta los tímpanos con el bocinazo. El camionero se topó con la mujer a unos centímetros del morro del vehículo. Ella se asustó, pero siguió cruzando. Por detrás del camión, en el carril siguiente (el último del atajo de la anciana), seguían saliendo coches. Al notar el primero que pasaba, la abuela paró de golpe para evitar ser atropellada. Sus ojos estaban a punto de salirle de las órbitas. Rozó el vehículo, cuyo conductor palideció al ver llegar a la mujer como si fuera a subirse en el asiento del acompañante. El camionero no cesaba de gritarle improperios. De fondo sonaban decenas de bocinazos. La anciana pisó la acera, temblando tanto como el conductor que casi la atropella y que ya detenía su coche en el semáforo, a cincuenta metros, para que pasaran los peatones, decenas de peatones que no habían atajado.