El tabaco

A CORUÑA

HERCULÍNEAS | O |

20 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

NO he fumado -salvo el par de pitillos del idiota adolescente-, ni fumo, ni fumaré ya a estas alturas de la película de la vida. Hay noches de invierno en que mis bronquios parecen el órgano de una capilla barroca soplando la música tubular de Bach. Es la sinfonía del asma, una partitura de alveolos que se abren y se cierran a su bola. Hay madrugadas, de esas en las que llueve hasta en diagonal, que mis pulmones se ponen dodecafónicos y lo único a lo que aspiro es a degustar una bocanada de oxígeno mientras leo los diarios kafkianos del insomnio. Hay que exprimir el pecho para arrancarle una lágrima de aire. No consumo tabaco, porque las volutas del humo, como la humedad que hace florecer las piedras de la Ciudad Vieja, me envenenan los bronquios teñidos de orvallo, musgos y líquenes. A mí no hay que arrojarme a la cabeza sentencias macabras ni radiografías de pulmones sucios de muerte (imágenes que quedan algo obscenas en un envoltorio). Pero la campaña definitiva contra el cigarrillo me la dio el otro día mi sobrino Miguel (seis años) que, tras leer en la cajetilla de mi santa el siniestro «Fumar puede matar» , lanzó a la mente del adulto una pregunta como una pedrada, rotunda, tajante: «¿Y si ponen esto, por qué lo venden?».