HERCULÍNEAS | O |
15 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.FUI UN miembro activo del bricolaje. De los más nécoras que el Materno sacó adelante, pero las llagas, que en este mundo valen como medallas, me hicieron creer que lo era. Todo ha sido por culpa de haber aprovechado las vacaciones para arreglar una persiana, y por ahorrarme la visita de un profesional, no fuera uno de esos que la única técnica que dominan a la perfección es la de arrearte un facturón de estocada hasta la bola. Sería por esa suerte del novato que dicen en la ruleta, el caso es que la puñetera persiana la compuse en un periquete. Así que me puse chulo. Mi madre me pidió que le pusiera una lámpara. Con tal ardor lo hice, que el destornillador me dejó en carne viva la palma de la mano. Además, dejé un agujero en el techo que parecía el de La gran evasión. (Nota: Mamá siento que te enteres así, por estas líneas). La culpa la tuvo que lo hice sin taladro. Fue entonces cuando hice la primera comunión en la fe que había abrazado con tanto ardor: me compré uno. Con él en las manos me sentí un superhéroe. Perdí la razón e hice agujeros para colgar más cuadros que los que tiene El Prado. Así que lo dejé. Hoy tengo completamente curadas las llagas de vidente del bricolaje. No puede ser buena una afición que obligue a currar.