Josefa y el mar

La Voz

A CORUÑA

EDUARDO

El pulso de la ciudad Josefa Arias González, una ama de casa de 47 años, fue nadando ayer desde Santa Cristina a Riazor durante más de cinco horas para cumplir un sueño de madurez

05 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

?ace seis años se apuntó a un cursillo de perfeccionamiento. «Los niños ya estaban creciditos y decidí aficionarme al deporte de la natación», me comentó ayer por la mañana Josefa Arias González sobre la arena de la playa de Santa Cristina. Lleva puesto un traje de neopreno y la sonrisa aniñada no se le despega del rostro. Su marido, que parece acostumbrado a este tipo de hazañas, la observa con orgullo. Mar y gimnasio Josefa, la versión coruñesa de David Meca , pasó todo el verano entrenando en la playa de Miño a razón de dos kilómetros diarios de mar. Para completar la preparación apuntó sus músculos en un gimnasio. Me parece duro ir de Santa Cristina a Riazor andando y no sé como calificar el hecho de ir a nado. Josefa está tranquila. «Son unos diez kilómetros. Nunca nadé esta distancia. Espero que el agua no esté demasiado fría», reflexionó instantes antes de saludar y zambullirse. Dos zodiacs de Protección Civil siguen su estela de esperanza. ?iete minutos antes de la una de la tarde Josefa empezó a bracear. En el horizonte no se ve su destino. Sólo hay mar. Tres horas después, uno de los voluntarios me informa de que está a la altura del Club del Mar. «Va a buen ritmo, pero está un poco baja de moral. Espero que cuando vea la torre de Hércules se anime», relató desde la embarcación. A las cinco de la tarde ya estaba a la sombra del faro. «Está más animada, pero tiene calambres en el cuello y le hemos tenido que echar vaselina», fue el escueto parte. ¿Será capaz de hacer realidad su sueño de sirena? Riazor en el horizonte Media hora después volví a marcar el móvil del reportero-socorrista de Protección Civil. Confieso que estoy nervioso. «Estamos entre la Casa de los Peces y la Domus. Va muy justita de fuerzas, pero creo que va a llegar», me transmitió con optimismo. A las seis de la tarde me asomé a la balaustrada de Riazor. Allá a lo lejos, Josefa es una manchita negra, como una galleta de chapapote con brazos y piernas, que se dirige hacia la arena. La familia la espera en la orilla del éxito. Aplausos y flores ? las seis y cuarto de la soleada tarde, casi cinco horas y media después, la veterana aventurera volvió a tocar arena. No podía más. En cuanto supuso que hacía pie dejó de mover los brazos. Una sobrina le entregó un ramo de flores y una amiga la cubrió con una manta mientras el resto de familiares, amigos, y bañistas, alucinados con la escena, le dedicaron una gran ovación. Fue lo primero que acertó a decir Josefa. Tiene una contractura en el cuello, pero vuelve a sonreír. «En Punta Herminia pensé en dejarlo», jadeó. «Sabía que lo conseguiría. Es muy tenaz», comentó su marido. Con el sueño cumplido, Josefa se cambió de bañador y se fue a casa.