A Coruña le echa narices

Alberto Mahía A CORUÑA

A CORUÑA

La ciudad convive con hedores de Bens, de la Refinería, perfumes florales y gastronómicos El viento del suroeste empuja hacia la ciudad los peores tufos industriales

23 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

Ya no huele a tabaco en A Palloza. Ni a calamares en la plaza de Orense. Tampoco a pescado en la plaza de Lugo, que el aroma ha viajado a la de Pontevedra y los conductores andan algo moscas cuando entran en el aparcamiento y les huele a peces. Hay tufos a los que dieron tierra, como el que emanaba del antiguo vertedero antes de caer y escribir una de las crónicas más negras y pestilentas de la historia de la ciudad. Tampoco era agradable el cheirume del río Monelos, que desde que lo canalizaron, los vecinos pueden respirar tranquilos. Son olores de la memoria. Todas las ciudades del mundo tienen flotando en su aire un olor que les es consustancial y que las identifica tanto o más que su arquitectura o sus habitantes. A Coruña huele a mar, Río de Janeiro a alcohol de quemar, Barcelona a tabaco negro, México a neblina, Berlín a tinta, París a café, Nueva York a acero y vidrio, Nueva Orleans a jazmines, San Juan de Puerto Rico a mar y San Juan de San Juan a sol. Son fragancias que mandan. Pero a veces aparecen otras que, agradables o pestilentas, dominan ciertos barrios o calles. Refinería Nunca huele a gusto de todos. Hay lugares pródigos en vahos que vienen de canales putrefactos, de concentraciones de basura, de muros dibujados por los orines. ?Las zonas próximas a la Refinería, por ejemplo, son castigadas ya no sólo por lo que la planta petrolífera espira, sino por lo que producen otras industrias o plantas de los alrededores, como Nostián. Los vecinos se quejan de que no pueden vivir entre tal popurrí de olores. Hay debate en cuanto a eso. Los responsables de la planta niegan que sea el orgullo medioambiental coruñés el culpable y hasta invitaron recientemente a los residentes de la zona a visitar el complejo. No salieron muy convencidos, pero tampoco quedó claro que Nostián tenga mucho que ver con el tufo. Hay quien dice que viene de lejos empujado por el viento, desde Sabón, que en esto de los malos olores tiene siempre mucho que decir. Se refieren a la fábrica de harina de pescado de Suevos. Se trata de la empresa Ártabra. Los vecinos de Meicende la bautizaron con el nombre de a cheirenta y algunos de ellos la culpan de los malos olores. Dicen que la peste que emana de sus chimeneas viaja a merced del viento y se siente a kilómetros. Vertedero Para muchos coruñeses, las grandes heridas abiertas en la piel del medio ambiente son el antiguo vertedero y la refinería. Bens está sellado y la basura bien enterrada, pero algunos insisten en que todavía sale de los respiraderos un recuerdo de lo que fue y hay días, hasta semanas, en que aquello es insoportable. En cuanto a la planta petrolífera, cada año hay avances. Los esfuerzos de los responsables de Repsol en materia medioambiental se notan. Esas dos fuentes olorosas desembocan en la ciudad cuando el viento sopla suroeste. Hay zonas perseguidas por un cierto tufillo permanente. Desde Meicende al Ventorrillo aguantan olor a Refinería y basura. En lugares próximos a la ría de O Burgo, el aroma a marea es de mareo. Hay calles de la zona centro en que la orina reparte bofetadas fétidas entre los paseantes. Y en las casas cercanas al puerto adivinan antes que nadie lo que se descarga, desde el hedor a soja (el pasado viernes se pudo comprobar) al insoportable azufre. Hay vecinos en Los Rosales que denuncian desde hace tiempo un preocupante olor a gas, que se va tan pronto como llega. Por allí también lanzan pestes contra el antiguo vertedero. Parques Pero no todos son malos olores. La ciudad de los mil parques, la de los jardines mejor cuidados y floreados, tiene que oler a cielo a narices. O si no que se lo pregunten a los vecinos de Ciudad Jardín, que hacen honor a su nombre, a los de la plaza de Azcárraga, a los de Los Cantones, a los de Santa Margarita, tan ambientados en el eucalipto. Son los mismos que en invierno huelen a humedad, al inconfundible olor a césped mojado. Hay perfumes reconfortantes. Quién no disfruta con el aroma que sale de la pastelería Flory, en Villa de Negreira. Para acampar frente a su puerta. O el aroma a café del Trópico, el chocolate de Bonilla, el bacalao de Casa Peña, los churros de la plaza del Humor, los calamares del Copacabana o del Otero, por ejemplo. Qué placer. Como el que se siente al pasear por la Franja o por A Galera, con toda una suerte de manjares que llaman a probarlos. Incendios Hay otros olores que aparecen y desaparecen dependiendo de la estación del año. Así, en verano es frecuente el tufo a humo de los incendios que casi a diario queman los alrededores de Penamoa. En invierno, manda la humedad, la hierba mojada de los parques. En primavera, cómo no, las flores de los parques y jardines. Hay olores para gustos. Hay quien disfruta cerca de una gasolinera. A otros les repele el hedor matinal que desprende el pescado en el muro. También abundan los que escapan de la Ciudad Vieja por el olor a antiguo que desprenden algunas casas. En fin, para gustos se pintan olores.