Cientos de coruñeses celebraron ayer el día del «Padre», el programa informático que agiliza el ajuste de cuentas entre los ciudadanos y Hacienda
02 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Mientras todos los comercios de la ciudad agotan sus existencias con vistas al Día de la Madre que se celebra mañana, unos cuantos contribuyentes celebraron ayer el día del Padre , el programa informático que se utiliza para realizar las declaraciones del IRPF simplificadas en las que los ciudadanos ajustan sus cuentas con el Ministerio de Hacienda. Ayer se abría el plazo oficial para entregar la declaración para más de seiscientas mil personas en la provincia de A Coruña. «Los que suelen venir los primeros días son los que saben seguro que les sale a devolver», comenta una joven contratada para hacer frente al servicio gratuito que oferta Hacienda para ayudar a cubrir los documentos. No es fácil ser el primero. Reservar cita requiere una exhibición de paciencia. El teléfono habilitado para tal menester, el 901 223 344, echa humo y comunica casi siempre. Establecer la comunicación no garantiza el acceso al programa. La traviesa informática provoca algunos colapsos inesperados que devuelven al paciente contribuyente al principio del camino. Una amable telefonista acaba de completar los requisitos exigidos por el formulario electrónico antes de adjudicar el día, la hora y el lugar de la cita a ciegas entre el ciudadano y el programa Padre . En la ciudad coruñesa, la novedad está en el edificio de Aduanas, en Alférez Provisional, una de las subsedes que la administración central ha habilitado para atender la creciente demanda popular. Ayer, los catorce encargados de recibir las solicitudes de los coruñeses empezaron a teclear en sus ordenadores a las nueve de la mañana. No hubo grandes colas. El sistema de cita previa evita las aglomeraciones, aunque es inevitable una pequeña espera. El controlador de la puerta revisa en su listado si el que entra ha reservado cita. Todos los nombres, excepto uno, aparecen marcados. «No falla nadie», comenta uno de los más madrugadores mientras espera su turno. Preguntas Distribuidos en dos filas, como si de un barco de remeros se tratara, los diferentes puestos se van rellenando de manera permanente. «¿Trae los papeles? ¿Está casado? ¿Tiene alguna persona mayor a su cargo? ¿Vive solo?...». La retahíla de preguntas se sucede para el tímido contribuyente, que sólo se limita a responder con monosílabos. «Parecemos curiosos, ¿verdad?», inquiere la amable chica que rellena la declaración para intentar romper el hielo. El proceso dura apenas cinco minutos, el tiempo que le permite a cualquier contribuyente hacer sus propios cálculos sobre el dinero que tendrá que pagar o el que le van a devolver, que es lo que ocurre en la mayoría de los casos en estos primeros días. La pregunta del millón llega justo antes de firmar los impresos. «¿Cuándo me van a ingresar el dinero?». La respuesta, en boca del ministro del ramo, Cristóbal Montoro, se traduce en una larga espera media de 28 días.