Donde la gente pasa, pero no pasea


Nos birlaron la visión de la torre de Hércules desde la coraza del Orzán y también el crujir de las olas sobre los restos del Mar Egeo , vendidos a precio de chatarra barata, y las obras portuarias han calzado una careta de cemento al mar (paradoja: A Coruña se abre al océano por una cara mientras se cierra por la otra). Son, todas ellas, estampas perdidas por la ciudad. Carne muerta de postal turística.Entre esas imágenes descatalogadas ninguna duele más que la de los Cantones llenos. No es de ahora, pero el sentimiento de pérdida se renueva cada vez que se hojea uno de esos libros que Foto Blanco edita por Navidad y ve, a través del certero objetivo de Alberto Martí, el corazón de A Coruña con sus arterias saturadas, pletóricas de colesterol urbano. Ya no. «El Cantón está triste», resume Beatriz Valladares. Un apellido con impronta de imprenta. Su abuelo, José Valladares, abrió el negocio «hace setenta y pico años». Entonces, el corazón coruñés bombeaba gente mañana, tarde y noche. Ya no. «La gente va a los centros comerciales cuando llueve, y aquí llueve mucho», diagnostica. Beatriz también echa en falta ganchos en forma de locales hosteleros. Echó el candado el Cantón Bar, que era como un centro social, y hoy es una tienda de Loewe. Al poco tiempo abrió una cafetería junto a la joyería La Suiza, otro de los negocios de toda la vida. El bar cerró. No caló. No creó moda. Porque la gente ya no pasea por los Cantones. Pasa. Toma el dinero y corre: hasta siete bancos se cuentan en los bajos, y una oficina más anuncia su próxima apertura.Laxantes que traían cola«Aquí vive muy poca gente, ése es el problema», cree Pilar López Abente. Es la propietaria de la farmacia El Águila, otro clásico de la zona. Su abuelo, que abrió la botica, preparaba laxantes por litro, de enorme éxito tras las fiestas. Las colas llegaban a la calle. «Antes A Coruña era sólo esto, y por eso venía la gente. Ahora también están Cuatro Caminos, Los Rosales... Ley de vida», reflexiona Aniceto Rodríguez, propietario del ultramarinos del mismo nombre, otro establecimiento transmitido de generación en generación.Se fue la gente y al pasado glorioso sólo remiten estos cuatro negocios con raíces cantonianas mucho más profundas que las del metrosidero y un rótulo desfasado. «Cantones de José Antonio», se lee en una placa antigua, cosida al edificio del Banco Pastor. En la calle hay dos puestos de venta del cupón de ciegos y un mendigo de 60 años que, dice el cartel, no cobra la jubilación. Pocos se detienen. La gente camina con paso firme, con rumbo hacia otro sitio y sin parada en éste.Para todosCésar Veiga, conserje desde hace doce años del edificio Granada, añora «aquella maravilla que eran los paseos de los Cantones». «Pero ahora esto ha quedado para oficinas y cosas culturales», añade.También tiene esa estampa tatuada en la memoria Antonio Cousillas, portero desde hace veinte años de la casa del Banco Atlántico. Antaño, recuerda, los Cantones tenían un tramo para ricos y otro, el cercano a los jardines, para disfrute de los pobres. En algo hemos mejorado. Ahora es de todos y, a la vez, de casi nadie. Y es que «desde que se abrió el paseo marítimo esto perdió mucho». O lo poco que le quedaba.

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