Aunque hoy adoptan los más variados nombres (futurólogas, cartomantes, parasicólogas, videntes, astrólogas, sibilas), hace medio siglo eran conocidas en A Coruña como pitonisas. Un redactor de La Voz entrevistó a una de ellas, que tenía su tarifa en tres pesetas por consulta, yendo en esa cantidad las informaciones más diversas. Por ejemplo, pronosticaban la llegada de una herencia, el futuro amoroso y laboral y las cuestiones de salud, todo en el mismo paquete.La pitonisa entrevistada, de la que no se revelaba su nombre, vivía cerca del monte Santa Margarita. Vestía un faldón y ocultaba su cabellera con un exótico turbante. El periodista quería saber dónde estaba una cantidad de dinero que había perdido y la adivina le espetó rápidamente: «Siéntese y concéntrese, mientras yo doy un paseo por las mágicas regiones de ultratumba». Después le dijo que no podía localizar la cantidad de dinero pedida, aunque sí le podía pronosticar si su novia era infiel. Pero... el redactor de La Voz no tenía novia.Acto seguido, cogió una especie de pecera redonda y comenzó a pasar sus manos una y otra vez a su alrededor, hasta que, con la misma voz profunda de antes, tornó a decir, mientras sus ojos se iluminaban por una tenue lucecita: «Veo, caballero, una joven que no es de su familia, pero pronto entrará en ella». Resulta que era la novia de su hermano.Tras una nueva manipulación de la bola de cristal, le dijo: «Ahora veo el futuro de usted. Un poco negro se presenta, porque observo que se nubla, pero, ¡ah! Clarea por el lado derecho. Ello significa triunfos, muchos triunfos en todos los aspectos».Pasando a temas más generales, la pitonisa reconoció que su mayor clientela era de gente de la aldea, especialmente durante los veranos y, sobre todo, mujeres.Después, nuevo vaticinio. Tras hacerle dar un corte a los naipes, le dice: «¡Ha salido un as de oros! Ello significa dinero, mucho dinero. Usted va a recibir pronto una importante herencia. ¡Enhorabuena!». Posteriormente, aparece el rey de bastos, seguido del tres oros, lo que significaba activación rápida de papeles y trámites, porque detrás venía el caballo de espadas. Susto El periodista se marchó feliz de la entrevista (por lo de la herencia), aunque se asustó algo cuando la puerta de la calle se abrió sola, tras un siniestro chirriar de sus goznes. Era un adelanto de los porteros automáticos. Anteriormente a las pitonisas citadas, las adivinanzas solían estar a cargo de mujeres gitanas. La Voz daba cuenta, hace cien años, de la llegada a Monelos de una caravana de zíngaros que, se añadía, «despertó la alarma de sus habitantes», a pesar de lo cual fueron varios los coruñeses que se acercaron a los carromatos para que las gitanas les adivinasen el porvenir (o buenaventura). Mayormente se lo decían leyéndoselo en las manos.Hay que señalar, también, que la iglesia católica siempre vio mal (e incluso se lo prohibió a sus fieles) estas adivinanzas, dictando severamente: «El futuro de los hombres sólo puede saberlo Dios».