El preso estaba amenazado de muerte por otros internos para que les sirviera de correo
08 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Gustavo G.V. sopló las velas de su 24 cumpleaños en la cárcel de Teixeiro. No había conocido prisión hasta entonces, cuando una sentencia lo condenó por un robo con uso de arma de fuego. Ya dentro del centro penitenciario, otra sentencia, la de la ley de la cárcel que le impusieron varios reclusos, le obligaba a transportar papelinas de heroína del módulo 8 al 5. Si no lo hacía, un punzón de quince centímetros de hoja le atravesaría el corazón. La cruz la comenzó a cargar a los tres meses de ingresar en Teixeiro. Su buena conducta lo llevó al taller de cableado del centro. Aparte de una reducción en la pena y mantener la mente ocupada, ese destino le permitía conocer a los reclusos de otros módulos. Error. En ese taller se iba a encontrar con un hombre del módulo ocho que necesitaba pasar droga al cinco, donde estaba la celda de Gustavo. Y quién mejor que Gustavo para que sirviera de correo entre uno y otro módulo. Pero quien le propuso la idea a Gustavo no fue ese compañero de taller, sino uno que dormía en una celda cercana a la suya, quien, a su vez, sería el destinatario de las sustancias estupefacientes. Para convencer a Gustavo le puso un punzón en el cuello y le dijo que, si no se prestaba a servirles de transporte, terminaría desangrado en los baños. Gustavo, muerto de miedo, accedió. Lo único que tenía que hacer era recibir las papelinas en el taller, ocultarlas en la entrepierna sujetas por una cinta aislante y entregarlas a su compañero de módulo. Cacheo Pero el 21 de marzo del 2001 todo se vino abajo. Cuando Gustavo terminó su jornada laboral en el taller se dirigió al baño, donde le esperaba el recluso que le daba la droga. Cuando éste se la entregó, apareció sin hacer ruido un funcionario, que vio a Gustavo lanzar un paquetito al suelo. Lo recogió y descubrió que dentro había cinco bolsitas de heroína, con un peso neto de 148 gramos y una riqueza que no sobrepasaba el 50%, y doce comprimidos de Trankimazín. Luego, cuando se procedió al cacheo de los internos, a Gustavo le encontraron un trozo de cinta aislante pegado a la entrepierna. Cuatro años de cárcel Gustavo fue acusado de un delito contra la salud pública por el que el fiscal solicitaba para él una pena de cuatro años y medio de cárcel. En el juicio, el abogado de la defensa no hizo más que explicar el motivo que llevó a su cliente a servir de correo en la cárcel. Ni ganas de enriquecerse ni de drogarse. Fue el miedo lo que empujó a Gustavo a delinquir. Los presos que lo amenazaron no sólo lo negaron todo. Peor que eso, lo acusaron de ser el hombre que manejaba la droga en Teixeiro. También dijeron que Gustavo los denunció en represalia por haberle robado semanas atrás varias papelinas. Pero el juez no los creyó. A quien sí hizo caso fue a Gustavo. Lo absolvió al entender que el acusado actuó bajo «un miedo insuperable».Hoy, Gustavo está ingresado en otra prisión, muy lejos de la de Teixeiro, donde la ley de la cárcel lo tiene condenado.