El ruido de las botas de los militares del viejo cuartel de Atocha ha sido sustituido por el de las taladradoras hidráulicas, las grúas y los motores de los coches y camiones
15 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Las piedras de la Ciudad Vieja hablan. Y nos transmiten el legado de los primeros coruñeses, aquellos que sobrevivían de la pesca en O Parrote y de las huertas de los aledaños de la primera fortificación del actual casco urbano. Esas losas, hoy agrietadas, rotas y cubiertas en algunos tramos por chapuceros remiendos de asfalto, son testigo del cambio obrado en el barrio durante los últimos cinco años. De epicentro de la movida a silencioso geriátrico donde la población de jubilados duplica a la de menores de 25 años. Pero bajo ese drástico e irrebatible resumen estadístico hay muchos matices. De repente, las vetustas piedras han cautivado la atención de algunas de las fortunas más notorias de la ciudad. Empezando por la familia del propio alcalde, Francisco Vázquez, que se ha hecho con un edificio en la calle Tabernas. Y a su lado remodelará otro inmueble uno de los hombres más ricos de España, el principal accionista de Inditex, Amancio Ortega. El resurgir inmobiliario es bien visto por los vecinos. La llegada de inquilinos de buena posición es sinónimo de mejores tiempos. «A ver si somos capaces de conseguir entre todos que los niños tengan un lugar donde poder jugar. Ahora sólo les queda la plaza de Azcárraga y el atrio de la Colegiata. Y allí no le parece demasiado bien al abad que se practiquen determinadas actividades», bromea un vecino. Pero la campaña para peatonalizar la Ciudad Vieja que se avecina es acogida como una buena nueva por los residentes. «Aquí sólo habrá unos quinientos o seiscientos coches. El resto de los que estacionan son de gente que viene de fuera a trabajar», afirma uno de los afectados. Sólo una queja. «El nuevo aparcamiento sólo ofertará 227 plazas y eso es insuficiente. Quizá es la hora de plantearse la extensión de la zona ORA a la circunvalación de la Ciudad Vieja», plantea con cierta lógica el presidente de la asociación de vecinos, Luis Rey. Mientras, los camiones de carga y descarga, los de suministros y las furgonetas de reparto atascan las estrechas cuarenta calles que son sinónimo de historia. Y los pubs, históricos puntos de encuentro de las primeras generaciones de coruñeses noctámbulos, apagan sus luces entre la indiferencia de los incondicionales de la barra fija y la ilusión en un pronto resurgir de una nueva estirpe de fans de la noche.