Con la nieve en los talones

Rubén Ventureira A CORUÑA

A CORUÑA

Las avalanchas frenaron al montañista coruñés Fausto Blanco en su asalto al Dhaulagiri «Aprendí a jugar al mus a 7.000 metros de altura y a treinta grados bajo cero», asegura el alpinista

12 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

A No hay una pica coruñesa en el Dhaulagiri (Nepal). Fausto Blanco ha vuelto a la ciudad tras intentar la conquista de la séptima montaña más alta del mundo. No se dejó seducir la muy altiva. Vomitó nieve y frustró a Blanco, quien se quedó compuesto y sin montaña. Y como él, sus compañeros de expedición, miembros del Grupo Militar de Alta Montaña de Jaca. «Aquello estaba petado de nieve. Había avalanchas todos los días. Era superpeligroso», relata. La cumbre estaba a 8.167 metros y el grupo se ancló en los 7.000. En esos 1.167 metros restantes, la barrera entre la vida y la muerte era tan fina como un hilo dental. No estaban solos Fausto y sus compañeros. Al llegar al pie del Dhaulagiri se encontraron con otros aventureros. «Había un ucraniano que ha hecho once ochomiles ; un navarro que va por los siete, Iñaki Ochoa, al que acompañaba un alemán; y también unos franceses». La expedición sufrió su primer frenazo al pie de la montaña. «Estuvo veinte días seguidos nevando», detalla el coruñés. Después disfrutaron de una semana tranquila. Montaron el primer campo a 5.800 metros, y allí quedó. El segundo, a 6.500, y después lo trasladaron a los 7.000, donde su ilusión fue sepultada. El avance fue complicado: «Notábamos cómo rompíamos la placa de hielo al subir». Rugía la montaña y no era cuestión de hacer snowboard , Dhaulagiri abajo, aupados a una placa de hielo. Así que pararon. Estruendo Pero ni quietos estaban tranquilos. El estruendo de las avalanchas fue la banda sonora de esta aventura. «Colocamos las tiendas en las aristas de la montaña», detalla. Así, la roca se convertía en un parapeto natural, por el que la nieve se precipitaba como si lo hiciese por un tobogán. Esperando a que amainase, permanecieron allá arriba. «Aprendí a jugar al mus a 7.000 metros de altura y a treinta grados bajo cero», recuerda Fausto. Pero no amainó. Con la nieve en los talones, pusieron la marcha atrás.