Florin tiene sólo un año y duerme a la intemperie, protegida por una lona de cámping
04 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Huyen de la pobreza de su Rumanía natal y han arribado en un desamparado rincón del barrio de Os Mariñeiros. Son una veintena de rumanos que llegaron a A Coruña hace poco más de un mes atraídos por la suerte de un compatriota, Mario, que reside en la ciudad desde hace un lustro y trabaja en el sector de la construcción. Pero los recién llegados han tenido menos suerte. No encuentran dónde ganarse el sustento diario y aguardan a que el viento se torne favorable al pie de las dos tiendas de campaña en las que se hacinan. Allí conviven en las más precarias condiciones niños como Florin. Quince meses tiene la pequeña rubia, cuyos ojos empiezan a traslucir ya la desesperación del hambre. Son casi las dos de la tarde y en el improvisado campamento se reúnen sus veinte ocupantes. La mayor parte de ellos se gana los euros vendiendo La farola y algunos kleenex en los semáforos. «No nos gusta pedir. Preferimos trabajar, pero nadie nos ofrece nada. Nos vale cualquier cosa, el campo, la construcción... Pedimos una oportunidad que nadie nos da», se lamenta Mehmet, cuya tez morena refleja muchos más años de los 32 que dice contar hasta el momento. Oportunidades Él se quedó ayer custodiando sus escasas pertenencias. Habla español con meridiana claridad y se lamenta de la falta de oportunidades. «En Rumanía las cosas están muy mal. La policía nos persigue y sólo queremos que nos dejen vivir de lo que hagamos», insiste otro de los rumanos mientras fuerza la sonrisa que deja a la luz el oro de las piezas superiores de su ajada dentadura. Mehmet espera que vuelvan sus compañeros de aventura para ir a comer a la Cocina Económica. A sus pies, una botella de vino barato, otra de un refresco y un yogur destapado que sirvió como desayunó a la pequeña Florin. El padre de la niña apenas chapurrea algunas palabras en castellano. Pero se hace entender a través de Mehmet. «Ojalá nos puedan conseguir un techo para cobijarnos. Alguien tendrá que ayudarnos a nosotros y a los otros seis niños que viven aquí», ruega. Sus peticiones no han sido oídas hasta el momento. «La policía viene todos los días a decirnos que tenemos que abandonar las tiendas, que aquí no podemos acampar y que si no nos vamos que nos van a multar», protestan Mehmet y sus acompañantes. Pero tampoco entre los vecinos de la zona gozan de mucho predicamento. «Estos tienen pocas ganas de currar . Seguro que han venido aquí para vivir del cuento», señala con cierta acritud una veinteañera con poco espíritu de oenegé que pasea un perro por Antonio Pedreira Ríos.