«Somos supervivientes»

R.?D.? SEOANE A CORUÑA

A CORUÑA

Cuatro mujeres relatan en un curso de la UIMP su lucha contra el cáncer Todas saben que el cáncer mata. Tanto como que se puede vencer. Y hablan de ello con la naturalidad de quien ha aprendido que la vida agita brisa y tempestad. Aunque a unos les toque un crucero por el trópico y a ellas, atravesar el ártico. Cuatro mujeres a las que el viaje de vivir les coló en el equipaje un tumor relataron ayer la travesía del miedo a la esperanza y el descubrimiento de que, al fin, todo es aire. Sólo hay que respirar, hacerlo ahora y disfrutar de ello. «A mí no me importa ­-reveló una­- que hoy llueva».

05 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

María Luisa, Isabel, Leticia y Marisa son cuatro de esos cientos de mujeres que un día descubren en su pecho un bulto extraño. Ayer, sacaron al estrado de la Fundación Barrié la cara más íntima del cáncer. Con ello, querían hacer llegar en primera persona un mensaje común: que es importante conocerlo cuanto antes, plantarle cara y, sobre todo, que no es invencible. «Somos supervivientes», recordó Marisa. Poco común es que un curso, en este caso de la UIMP, descienda a las cosas de casa, a esas que logran poner en la piel del otro como lo hicieron las protagonistas de la mesa de ayer. Será porque, como dijo Isabel, el cáncer «es la enfermedad más humana que existe, son células que se reproducen para no morir». El camino no es fácil. No hay triunfalismos para quienes el temor se toma vacaciones, a lo sumo, entre revisión y revisión. «Yo tenía 44 años y cinco hijos», contó Leticia para reclamar que las campañas de screening se adelanten una década y comiencen a los cuarenta. Han pasado cinco años desde entonces, pero recuerda perfectamente que el pequeño «dejaba las orejas por toda la casa porque sabía que algo estaba ocurriendo» como Marisa no olvida la inquietud de «tener que decirle a mi familia que tenía cáncer». La confianza en el médico -todas conocieron a Carlos Sogo, en cuya memoria se celebró la sesión­-, la necesidad de que el clínico haga de tranquilizante y el papel básico de la familia fueron argumentos comunes. Como también la oportunidad de incrementar los recursos psicológicos para afrontar un tratamiento «devastador» y que en el caso de María Luisa le causó «un rechazo visceral a los olores del hospital». Además «no es fácil mirarse al espejo todos los días y verte calva», añadió Isabel o afrontar una menopausia precoz a causa de la quimio que «a mí ­­­-confesó Marisa- me afectó en la relación de pareja; él pensaba que tratarme como sana, me hacía sana». En plena terapia, salir a la calle era un ejercicio de superación, buscaban pasar inadvertidas, como ahora. Ninguna quiere que las traten como enfermas y todas, dos maestras, una periodista y una escritora, calificaron de esencial lo normal: tratar que la vida no cambie y «continuar trabajando, porque tener tiempo para darle vueltas a la cabeza es una inutilidad», dijo María Luisa. El mazazo de una enfermedad que esperan crónica les trajo a unas, como a Isabel, «ver que hay mucha gente que me quiere» o descubrir, como le sucedió a Marisa, que «las desgracias dependen de cómo se tomen, hay aviones que se estrellan con niños; a mí, lo peor que puede pasarme es morirme y ya he vivido cinco años más de los que esperaba». Leticia toma el último lustro «como un regalo». Incluso apagó una vela. Ayer disfrutó del día. Aunque fuese lluvioso.