Raphael dedicó tres horas de espectáculo a un público al que ni saludó
13 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Ir a ver a Raphael es respirar la mismísima democracia. En el Palacio de la Ópera se fusionaron las más extrañas floras y faunas para rendir tributo al mito. Pelos pincho y piercings riñeron en fervor con canas y rebecas de lana para ver al Raphael romántico, al Raphael despechado, al Raphael enajenado, transitoriamente. A Raphael. Saltó a la arena de negro y luto, y de torero el respetable pasó a desgañitarse con «tío bueno», «guapo», «fenómeno» y «fiera, que eres un fiera». Las parejas se abrazaron en las butacas y alguno se acercó al escenario para llevarse de recuerdo una instantánea con el ídolo. Con el de Linares también se descubre la sutil diferencia entre un concierto y una actuación. Lo suyo es puro teatro. Desplegó todo su repertorio de morritos, arqueos de cejas y pestañeos, levantó la mano para enroscar esa bombilla, se marchó y volvió, y elevó los dedos como para bendecir a sus incondicionales. Se lo merecían. La megaestrella no les habló, sólo les cantó. Ni un hola, ni un adiós. Sólo una incursión de A Coruña en una de las letras. El público casi entra en coma. Pero sólo fue un punto y seguido. Tres horas y cuarenta canciones regaló Raphael Marathon man . También un vaso estrellado contra el suelo y un espejo hecho añicos de una patada del cantante. Cosas de tomarse tan a pecho el amor.