ÁNGEL PADÍN PLAZA PÚBLICA
27 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.La torre de Hércules, nuestra torre milenaria y símbolo de la ciudad, vuelve a estar de moda estos días por varios motivos. Uno, porque estas semivacaciones de Semana Santa la hacen visita indispensable y son muchos los forasteros que hasta la península de la Torre llegan para extasiarse con esa «torre de caramelo» que emerge del Atlántico. Otro motivo es la propuesta -una más, porque desde 1984, y me aseguran que ya desde antes, la Torre se internacionalizó desde fuera y desde dentro (Josep Cornide)- de una nueva entidad coruñesa, el Instituto Torre de Hércules, de trabajar para que se declare Patrimonio de la Humanidad. Es una magnífica idea y propuesta que tuvo sus antecedentes -decíamos- en la institución que va camino de ser bicentenaria, la Real Academia Gallega de Bellas Artes de Nuestra Señora del Rosario, en historiadores e investigadores, en la modesta pero activa asociación Pablo Ruiz Picasso, que hace algunos años se dirigió al entonces director de la Unesco, Federico Mayor Zaragoza, y recibió como contestación una serie de papeles que fueron remitidos a la autoridad competente, y creo que también en la mente de muchos coruñeses, sorprendidos porque un faro de origen romano y en funcionamiento no obtenga el beneplácito de los que gobiernan la cultura a nivel mundial. Hecha esta aclaración, me gustaría manifestar el total apoyo al nuevo esfuerzo del mentado instituto e invitar a instituciones públicas y privadas a subirse a este carro de exaltación de la cultura y del arte para ver la torre de Hércules reconocida como uno de los monumentos singulares del planeta Tierra. Una idea sería recopilar todo lo escrito por autores extranjeros y españoles sobre esta impresionante construcción que, en los siglos XVII y XVIII, fue restaurado dado su lamentable estado de abandono, pero que no dejó nunca de servir para lo que fue construido: servir de guía a la navegación que transita por nuestras costas. Cayo Sevio Lupo (portugués) y los españoles Amaro Antúñez y Eustaquio Giannini, en los siglos señalados, merecerían el homenaje de convertir al faro (su faro) en obra por la que sienta orgullo toda la humanidad, pero especialmente A Coruña y Galicia, al unirse a otras creaciones arquitectónicas que brillan en la comunidad. Pedir el apoyo de los centros gallegos para que expandan por sus lugares de residencia la efigie y la historia de la torre; organizar concursos literarios, musicales o de pintura que sirvan de estudio a los jóvenes. redac@lavoz.com