Un cubo de agua apagó el fuego

A CORUÑA

Pequeño incendio en la calle Padre Feijoo

21 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Se ve una de caravana de siete hombres con mangueras, martillos y caretas antigás. Corren por el frente de la plaza de Lugo y se intuye un infierno de explosiones y fuego. Pronto se vio que el humo iba de farol. Va a su lado un hombre con un chaleco amarillo chillón, porque nunca se va al fuego sin un policía local que ordene, corte o dirija el tráfico. Van a su marcha, y prudentes, sin quejarse de una vida de tortura y peligro. Suben por las escaleras. Todavía no saben adónde van, si a una salita de estar convertida en un horno o a una cocina con una olla a fuego lento. Para el que mira cómo trabajan, llevar un traje de bombero ha de parecerse mucho a mascar cuchillas de afeitar. Porque se juegan la piel y porque nunca saben lo que se van a encontrar. Como ayer. Hasta dos camiones se desplazaron a la plaza de Lugo con Padre Feijoo. Demasiado despliegue para tan poco peligro. Así que no tardaron en darse cuenta de que sólo un vehículo era necesario. Por eso enviaron de vuelta a casa el coche-escala, innecesario en tareas menores. Se ve su caminar muy medido, como el del soldado en el desfile de las Fuerzas Armadas. Sólo aligeran el paso cuando detectan que todo está controlado. Y ayer, en el número 1 de la Plaza de Lugo, tardaron en localizar el foco del incendio más tiempo de lo normal. Iban a por fuego y se encontraron humo, que los vaciló durante media hora. El edificio es de madera y un humo blanco se colaba por las rendijas de los suelos y los techos. ¿Y las llamas? Se pusieron a buscarlas como sabuesos. Entonces, un hombre con los brazos como jamones se dedicó a picar el falso techo del segundo piso para atacar el fuego desde ahí. Hacía huecos para que otro compañero metiera la cabeza. Buscaban llamas. Sabían que el incendio lo había provocado el calor de la tubería de la calefacción, que habían estado soldando horas antes. El tubo alcanzó semejante temperatura, que prendió la madera. Finalmente, encontraron el foco en una pequeña habitación. Un cubo de agua fue suficiente para matarlo. Ya por la mañana temprano, las paredes de madera del edificio olían a chamusquina. Los vecinos culparon a las obras del gas. Y no le dieron importancia. Hasta que a las dos de la tarde, una gran humareda salía por las ventanas del tercero. Después de que el humo jugase al escondite con siete hombres expertos durante media hora, regresaron a la central.