CÉSAR WONENBURGUER CRÍTICA MUSICAL
10 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Al gran Carlos Kleiber, el más respetado de los directores vivos -ahora parece que vuelve a estar en activo-, siempre que le felicitan por uno de sus maravillosos conciertos, suele decir: «Ah, sí, pero si hubiesen ustedes visto lo que hacía mi padre (el legendario maestro alemán Erich Kleiber)...». Debe representar una carga abrumadora, una suerte de maldición, vivir toda la vida con es poderosa sombra a cuestas. Salvando las distancias, claro, quizá al joven director Lorenzo Ramos puede que le ocurra algo parecido. Él es hijo de López Cobos, lo que se nota mucho más allá del físico. Hay gestos de su padre en la batuta de Ramos y, más allá de cualquier aspecto técnico, el anhelo compartido por ambos de mimar el sonido, de resaltar las cualidades tímbricas de cada obra. Pero en la práctica los resultados distan aún mucho de ser parejos. Por el camino de su aún incipiente formación, Ramos debe encontrar su propia personalidad. Quizá no haya sido éste el mejor concierto de la Sinfónica, algo que en una temporada plagada de compromisos, y con el altísimo nivel a que nos tiene acostumbrados, tampoco es una desgracia. Hay que tener en cuenta, además, que la acústica del Rosalía no es la ideal. Después de un pálido Idilio de sigfrido (Wagner), la temperatura subió algo gracias a la excelente versión del difícil Concierto para trompa de Strauss, toda una pieza de bravura que David Bushnell resolvió sin problemas. Fue merecidamente aclamado. A la Primera de Schubert le faltó poesía, vuelo lírico y ese punto desenfadado que debe asomar en su conclusión. Otra vez será. Ficha técnica: Temporada de la OSG. Lorenzo Ramos, dir. Obras de Wagner, Strauss y Schubert. Teatro Rosalía.