ÁNGEL PADÍN PLAZA PÚBLICA
17 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Uno es tan viejo como para recordar el paso de Cela por A Coruña, pero el hecho de ser amigo de sus amigos me ha deparado la ocasión de tratar con el Nobel gallego, el Nobel de Iria-Flavia diría mejor, en honor a esa tierra tan hospitalaria como es la de Padrón, y conocer esa etapa de su vida que tan bien recogió el propio escritor en sus memorias. Un testigo de excepción, Mariano Tudela, fallecía hace pocos meses, y además del sentir por la desaparición de un gran amigo y magnífico escritor, con él se fueron muchas de las historias que vivió Cela a lo largo de su dilatada existencia. Cuando era alcalde José Manuel Liaño, ya en la época de la transición política, el Ayuntamiento dio el nombre de ronda de Camilo José Cela a la vía que circunda el Barrio de las Flores. Ese día acudió el escritor y el acto de descubrimiento de la placa con su nombre fue solemne y agradable. Camilo se dio un paseo por el barrio acompañado del alcalde, miembros de la corporación, periodistas y vecinos. Al término del recorrido fuimos invitados a un almuerzo en el hoy cerrado Figón Sancho Panza. Ni que decir tengo que, en el transcurso de la comida, llovieron las anécdotas, tanto del autor del Viaje a la Alcarria, como del propio alcalde Liaño, hombre de indudable ingenio, quien, a los postres, entregó al homenajeado la placa tan apetecida y reiteradamente pedida del Papagayo. Cela citó la ya sabida anécdota de su paso por dicha rúa y cómo, desde una de las casas de citas y cobijo de izas, rabizas, etcétera (ese es también el título de uno de sus libros) tiraron una pianola a la calle. Pasaron algunos años y, durante un viaje a Mallorca, fui a visitarlo a su casa mallorquina. En una pared de su jardín estaba la placa del Papagayo. Cela residía en A Coruña en casa de sus primos, los Rodríguez-Losada Trulock, y frecuentaba la llamada ruta de los elefantes (calles Estrella, Olmos, Galera y Franja) donde se pirraba por las parrochas y el ribeiro en taza. Además de los Tudela (Mariano y Paco) tenía un gran amistad con Julio Ponte, en cuya librería Lino Pérez y, a instancias de los amigos citados, participó en una exposición colectiva al lado de firmas coruñesas tan importantes como Lago Rivera, González Pascual, Labra, Alfonso Abelenda, y otros jóvenes artistas. El escritor recuperó años después alguna de estas obras de manos privadas. A Coruña está en gran parte de la obra del escritor y, sus alusiones a la ciudad las sabía de memoria otro coruñés ilustre, Fernando Arenas, con quien Cela consultaba muchas veces las perspectivas del mercado librero en Galicia. Fernando era amigo y fan de Camilo, quien en varias ocasiones, antes y después del Nobel, firmaba sus libros en la añorada segunda planta de la librería Arenas. Vi a Cela y hablé con él por última vez en su Fundación de las Casas dos Coengos en Iria-Flavia, preguntándole por su Cruz de San Andrés, debido a mi curiosidad por ser autor de un libro acerca de la capilla del mismo nombre. No le agradó el tema y allí me despedí de él. Al salir miré hacia el cementerio de Adina, situado enfrente, donde él quería descansar para siempre. Deseé que ese momento se demorase muchos años. Ahora, ya sólo queda encomendarlo a Dios. redac@lavoz.com