JOAQUÍN LENS CRÍTICA DE ARTE Antón Lamazares es el último artista que expone en la Estación Marítima
08 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Acostumbra a decir Antón Lamazares (Maceira, Lalín, 1954) que sus años de aprendizaje con los padres Franciscanos en el convento de Herbón le marcaron de una forma definitiva; que allí aprendió a meditar, a contemplar, y que fueron los frailes los que le iniciaron en la humildad y un sentido espiritual de las cosas. Y hay, sin duda, mucha de esa humildad franciscana en la obra del pintor: desde los materiales que le sirven de soporte hasta la pintura industrial y los barnices que confieren el aspecto brillante que hace que los cuadros funcionen a modo de espejos. Pero esa austeridad no sólo la encontramos en el aspecto físico, sino también en su concepción artística. De hecho, la obra de Lamazares se caracteriza por su mirada limpia, sencilla, ingenua, casi infantil que asociamos a la personalidad del poverello. Lamazares comenzó a exponer en 1973; siete años más tarde, tras ganar el premio Joan Miró de dibujo, formó parte de las exposiciones del grupo Atlántica. Pero fue en Arco 1984, en el inolvidable stand que le dedicó en exclusiva Juana Mordó, cuando su obra empieza a ser conocida internacionalmente. Desde entonces viene siendo una referencia obligada en el panorama artístico español. Pero es, sobre todo, la espiritualidad humilde y sencilla la que nos lleva a afirmar que si el santo de Asís viviera hoy y fuese pintor, pintaría como Antón Lamazares. Un saco de pan duro, la muestra que después de catorce años clausurará definitivamente la Estación Marítima como sala de exposiciones, reúne dos series de obras, en su mayor parte inéditas, bien diferenciadas. Una, la de las piezas realizadas entre 1985 y 1989 que fueron revisitadas a finales de los 90, y otra de piezas bifrontes que, expuestas sobre unos adecuados soportes, permiten la contemplación de las dos caras de la obra. Todas ellas son de gran formato y forman un conjunto realmente espectacular.