RUBÉN VENTUREIRA AL DÍA El Auditorio Nacional despidió con una ovación de más de siete minutos a la orquesta y a Zimerman
28 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El mismo espectáculo que entusiasmó a los coruñeses el miércoles estremeció anoche al Auditorio Nacional de Madrid, lo que demuestra que, fuera complejos, Galicia también está en lo alto de la escalera en cuestiones musicales. Dirigida con el acierto habitual del maestro Víctor Pablo, la OSG cabalgó sobre partituras de Chaikovski y Shostakovich para después desbocarse con el supremo pianista Zimerman al son de Bartok. Fue una noche de sensaciones encontradas, de fuego y hielo. El espectador ardió primero para después dejarse congelar en la quietud, y hasta agarrarse a la butaca ante la avalancha de notas afiladas como navajas enviadas desde el foso por una de las mejores orquestas de España y uno de los mejores pianistas del mundo. No se prodiga mucho Zimerman en España, de ahí la gran expectación que levantó en la capital. Eligió al húngaro Bartok como instrumento de transmisión. Los melómanos catalogan como «arquitectura musical» los conciertos para piano y orquesta de este compositor, que convierten el cuerpo del escuchante en una central eléctrica. Imposible permancer inmune ante la alocada cadencia con la que toca Zimerman. Sus dedos culebrean por el teclado en un concierto que fue por momentos siniestro, pero, iluminado por tanto talento, hizo que el público accediese a esa cueva oscura. Hacia allí lo guió la OSG con Zimerman. Ofrecieron un deslumbrante paseo por los sentimientos al exigente público madrileño, que les obligó, con un aplauso de siete minutos, a salir seis veces a saludar en el escenario.