Mi primer automóvil

ALBERTO MAHÍA A CORUÑA

A CORUÑA

Personajes coruñeses recuerdan sus experiencias al volante del coche en que se estrenaron como conductores El primer coche no se olvida. Como el primer beso. No falta quien lo incluye en el Libro de Familia de la memoria, entre el matrimonio y el primer hijo. En los sesenta mandaba el 600 en la ciudad. Máquina entonces modernísima, hasta con espejo en los quitasoles para que la señora se perfilase los labios. Lo vendían a cambio de una fortuna cuando se estrenó. Tenía el problema de que no se estiraba con la llegada de los niños. Cuando la exhibición del 600 era excesiva, llegó el 127, como el de la diputada Carmen Marón. O el 124, comprado por Antonio Erias por 100.000 pesetas y vendido un año después por 125.000.

21 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Hubo un tiempo en que comprar un 600 costaba un riñón. No ya por los números que había que restar al salario, sino por los meses que había que esperar a que la Seat enviara el utilitario desde su fábrica de Barcelona. Lo primero era no exigir color. El sindicalista Xosé Carrillo, secretario general comarcal de UGT, no lo hizo y le enviaron uno de color blanco, un año después de haberlo pedido. Tuvo suerte. Cuando quiso cambiar, ¿qué coche se compró? Otro seiscientos. Esta vez, amarillo. Xosé Carrillo tenía una manía. Cuando iba a la playa con la familia solía olvidarse los zapatos sobre el techo del coche. Así regresaba a casa. El concejal Iglesias Mato imitó al histórico sindicalista a la hora de elegir su primer coche. Pero al responsable de Fiestas le salió rana el vehículo. Se fue como el tiempo la moda de los seiscientos y llegó la del 127. La diputada socialista y concejala del Ayuntamiento coruñés Carmen Marón estrenó el carné a los mandos de un 127. No sólo eran seiscientos los coches que circulaban por las calles coruñesas. Álvaro Someso, concejal del Partido Popular, sosprendió a todos en 1964 con su Renault Daufine. Lo compró con 28 años. Recuerda que era rápido, «tenía cuatro puertas, motor trasero y podía aparcarlo frente a la puerta del cine». Pasa la lengua por los dedos de la memoria y cuenta una anécdota. No le ocurrió con su coche, sino con el del jefe, un Seat 1.500, el vehículo de los más pudientes: «Llegó el director general a la ciudad y quise quedar bien con él. Aparcó en María Pita y yo ordené al botones que le dejara el coche como una patena. Pasa una hora y salí con mi jefe a la calle, con el pecho hinchado, cuando vimos que había otro 1.500 con matrícula de Madrid aparcado al lado del suyo, brillando como un lingote de oro. El botones se equivocó de coche. Lo único que se me ocurrió fue dejarle una nota en el parabrisas en la que escribí: Para que vea, A Coruña es una ciudad en la que nadie es forastero».