RUBÉN VENTUREIRA TECLAZOS
14 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.En los años ochenta, A Coruña quería a Vicente del Bosque. Entonces, la ciudad tenía un equipo en Primera (el Madrí que capitaneaba el bigotudo) y otro sepultado (se temía que para la eternidad) en Segunda. Eran sentires compatibles, como lo es desear a tu mujer y a Jennifer López. Están en galaxias diferentes, como entonces el Madrí y el Dépor. Del Bosque pisó la pasada semana estos lares y volvió horrorizado por el clima antimadridista que respiró. Él no ha cambiado. Sigue siendo merengue, pero lo que antes era una virtud es ahora un estigma. Del amor al odio hay un paso, y no hace falta ver La guerra de los Rose para saberlo. En este caso, un gran paso: el que dio el Dépor, que pasó de las catacumbas al penúltimo piso de un rascacielos. La exaltación de lo propio, lo blanquiazul, ha llevado al odio de lo ajeno, lo blanco. Y eso es peligroso: Florentino Pérez, presidente merengue, no vino al Teresa Herrera porque la última vez que visitó A Coruña le zarandearon el coche. En la ciudad en la que nadie es forastero sí lo es el Madrí hasta cuando la visita en bolo veraniego y, por cierto, llena Riazor para alegría de la tesorería deportivista. ¿Dónde están aquellos madridistas de los 80? Descartado que hayan muerto todos ya, pienso que quizá sean como esos ex-fumadores que ahora odian el tabaco. Quizá son ellos los que más silban ahora a aquellos que visten los colores que amaron. rventureira.redaccion@lavoz.com