Durante la madrugada del viernes el viejo Polvorín de Culleredo salió de su ruinoso abandono con una explosión. Pero no era dinamita, sino música lo que se escuchó allí. Se trataba de una fiesta, de una rave party, pero mucho más civilizada que los desmadres americanos del mismo nombre. Las garitas de vigilancia se convirtieron durante unas horas en taquillas. 140 personas se pasaron la noche bailando. Dos mesas de mezclas, luces giratorias y un generador animaron la fiesta. Todo estaba perfectamente organizado: un aparcamiento abarrotado, una zona de acampada, y una pista de baile en pleno patio del cuartel. Nunca los soldados vieron tal cosa. A las dos de la mañana empezó a sonar house. Seis dj de Madrid, Guadalajara y A Coruña se turnaron en los platos hasta las once de la mañana del sábado, cuando se rindió el último. Contra toda previsión, el viejo cuartel no corrió peligro: la propia organización invitaba a cuidar el medio ambiente y las instalaciones, y un montón de contenedores recogían los vasos vacíos. Los vecinos estaban avisados y tenían hasta un teléfono de contacto por si molestaba la música. Hasta extintores había por si las moscas. Un modo distinto de disfrutar de la noche fuera de un bar, y de paso se pudieron contemplar las famosas lágrimas de San Lorenzo que llenaron la noche de estrellas fugaces.