Academia Joselito

RUBÉN VENTUREIRA A CORUÑA

A CORUÑA

El madrileño dio una lección de toreo valiente, pero fue Miguel Abellán el que salió por la puerta grande

03 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

El guardián de las esencias taurinas destapó su tarro, pero no andaba ayer el Coliseo con el olfato fino, quizá porque la refinería carburó a destajo. Joselito rodó una de Hitchcock con Damisela, que abrió plaza. Se jugó la vida cual novillero. Qué mal le miraba el toro, una pitón por el pitón izquierdo. No le importó a José Miguel, que no paró de trastear hasta que lo pasó por ese lado. Primero, el de Zalduendo lo desarmó. Fue un aviso. Después lo izó, y hasta dos veces volvió el madrileño a por la muleta en los dominios del toro. Otra vez lo revolcó y de nuevo José se armó de testiculina. «Ésta es mi vida, llévatela si puedes», parecía decirle a Damisela. Lo fulminó con una estocada en todo lo alto, en la cumbre, allí donde habita Joselito. El respetable reclamó el apéndice con una pañolada de esas que recibe Gaspart en el Camp Nou. Tardó el presidente en actuar y, cuando lo hizo, el público ya había perdido fuelle para solicitar la segunda. Con tan poco, mucho Volvió José tras pasar por enfermería para aliviar una contusión en el muslo. Su segundo prometía, pero el picador dañó su mano derecha. Se convirtió en un 50% de toro, material de desecho, y además peligroso, pues lanzaba cabezazos para allá y para acullá. Con tan poco, José Miguel hizo mucho. Naturales de diseño. Derechazos con chicha. Lo despachó de soberana estocada. El presidente se hizo el ciego. Valiente estuvo también Abellán en su primero. Valiente y brillante ante un enemigo que repetía más que una cebolla. Atornillado en el centro del redondel, Abellán entusiasmó, entre otras delicias, con eternos pases de pecho, un circular limpísimo y con manoletinas mirando al tendido. De diez. Resultó cogido al entrar a matar, lo que le causó contusiones en las manos de las que fue atendido en la enfermería. Antes, y con el traje destrozado, repitió: estocada perdiendo la muleta. Con precisión de prismático, cayó trasera y desprendida. El público reclamó los dos apéndices. Uno solo dio el presidente, el señor Fachal, y lo apedrearon verbalmente. Caballero no tiene que molestarse en echar la Primitiva esta semana. Lo suyo no son los sorteos. Su lote resultó infecto. Su primero humillaba, pero tenía menos fuerza que una Coca-Cola abierta en 1973. Lo mató de un cuarto de estocada y habría servido un palillo para tumbarlo. Su segundo tendría que haber vuelto a los corrales, como exigió el público. «Qué emoción, Manolo, qué emoción», soltó un irónico. Pero no estaba para ironías Manuel. Tampoco el presidente, al que le pidieron que se llevase a casa a Estudiante, nombre de este toro de cate. El Che, presente Este buenazo habría hecho migas con el perro de la familia Fachal y también con Enredador, una cosa que pasó por un toro y saltó en último lugar. El gatito, que no lee al Che, prefería vivir arrodillado a morir de pie, y Abellán le dio ese gusto y coqueteó con el enclenque. La plaza vio algo que el firmante no apreció y pidió la oreja. Fachal actúo como un mal árbitro de fútbol. Aplicó la ley de la compensación y ¡oreja! A hombros se fue. A pie lo hizo Joselito. Una estocada para el prestigio del coso.