AIBIRIA

La Voz

A CORUÑA

JOSÉ LUIS GARCÍA LÓPEZ PLAZA PÚBLICA

15 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Esta extraña palabra con la que hoy titulamos la columna, pese a que parece tener que ver con una birria, no es más que la pronunciación en inglés más común de Iberia. Me supongo que cuando en los años veinte se constituyó la compañía bandera de la aviación española no se estaba pensando en Iberia como península o territorio, sino en -y perdón por la disquisición- ente o cosa perteneciente a Iberia, ibérica. Lo que pasa es que el nombre es tan rotundo y redondo que tuvo un extraordinario éxito. Allá por 1994, en noviembre, escribía en el desaparecido suplemento de Economía y Finanzas de La Voz que la alternativa, si fuese una empresa privada, era de quiebra o quiebra. Las causas iban desde una arriesgadísima operación crediticia en dólares hasta unas demandas sindicales banderas, ya que no se arrió a tiempo la de SEPLA, ¡lástima que la privatización, de verdad, no hubiese llegado en el año de la olimpiada, cuando pintaban oros! También ayudó a ello ese estúpido orgullo de ir en cabeza que dio origen a una prepotencia de la que nunca se bajaron los hombres de Iberia, pese al enorme despilfarro de recursos que ha supuesto aquella agonía más que anunciada. Volaba de Barcelona a La Coruña, trayecto de una hora y treinta y cinco minutos según Aviaco, la filial sacrificada. Cuando saltaron los indicadores de poder desabrocharse los cinturones, encendí un cigarrillo, pues estaba en zona de fumadores: llevaba la mitad y se acercó una azafata para decirme que no podía fumar. «Señorita estoy en asiento de fumadores y el trayecto es superior a hora y media». Tras consultar, me contestó: «Que dice el jefe que él es quien dice si se fuma o no, y que él no va a tardar más de una hora y cuarto a La Coruña». Quise ver al comandante, no quiso recibirme y me envió un recado: que él era quien mandaba allí y, que si quería fumar, volvíamos a Barcelona y me desembarcaba. Apagué la colilla y pedí los impresos para hacer una reclamación en regla: aterrizamos en Alvedro tras una hora cuarenta. Después, disculpas de Aviaco, dos billetes gratuitos y una caja de puros. Pero la soberbia del mandamás, supongo, siguió intacta. Pues de éstos vienen los que siguen seplando: si hasta esas cacareadas dimisiones suponen un enorme complejo de superioridad y prepotencia. ¡Ay, Iberia! La que te ha caído, al final, con la aibiria de todos los aeropuertos internacionales.