La noche de hogueras se convirtió en un maratón de alcohol para cerca de un centenar de jóvenes No era el humo de las hogueras, no, ni la magia de una noche meiga. Aunque algo de hechizo tenía aquello de ver todo por duplicado. Lástima que de la abundancia se pasó a la nada, a caer al vacío con un tambor en la cabeza y el estómago como una alcantarilla haciendo gárgaras. Más de uno, y de dos, cerca de un centenar, llegaron a ver a San Juan doble antes de no poder más, vomitar el conjuro del orujo y acabar sobre una camilla. En el hospital. A otro Juan, el Canalejo, le tocó la resaca a tamaño familiar. Como si de un virus contagioso se tratase, una legión de jóvenes cargados de copas saturaron el servicio de Urgencias en la madrugada -menos mal- más corta del año.
26 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Las meigas de San Juan este año no iban sobre escobas. Volaban sobre un reactor a toda propulsión alimentado de cerveza y ginebra. Tampoco se quemaron a medianoche, resistieron tanto como los cuerpos jóvenes curtidos cada fin de semana en barras de bar. El escenario de la madrugada no tenía luces ni música. No hizo falta. Arena y fuego agitaron el cóctel de alta graduación en Riazor. Era sábado, no llovía y todo se hizo doble: el tiempo de marcha, la gente que se echó a las calles para batir récords de basura sobre la playa y alcohol en vena. Hubo gargantas como agujeros negros. Lo saben bien en el Juan Canalejo, cuyo servicio de Urgencias no recuerda tal desfile de incidencias festivas. Más de medio centenar de personas, jóvenes en su mayoría, pasaron por el hospital. Más del 80% no tenían más que demasiado alcohol en el estómago. ¿Y el resto? Alguna quemadura leve o uno que otro corte producto, las más de las veces, de ese arrojo torpe que dan las copas para saltar hogueras o subirse a las alturas. Aún acostumbrados a recibir los efectos de la movida nocturna -cada fin de semana atienden más de una decena de intoxicaciones etílicas-, las batas blancas anduvieron a mil entre las dos y las ocho de la madrugada. Les tocó, prácticamente, un ciego cada cinco minutos. Y eso que Protección Civil atendió, en la misma playa, a 16 muchachos, muchos de ellos en su ópera prima con la litrona.