JOSÉ LUIS GARCÍA LÓPEZ PLAZA PÚBLICA
13 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.¡Uff! ¡Qué nervios!: acabó el «combate» de Riazor. No sé donde leía que «el Alavés somos todos», en boca de Mané, ese entrenador de nombre tan eufónico que se deja querer con la nominación de: jefe de una banda de amigos. Méritos, sí tiene la banda, pero ¡qué modales!: como poco, me resultaron «arrichados»; y no sólo en el sentido de ser vivaracho, geniudo, atrevido o arriesgado, sino también en el de otras acepciones populares que no suelen aparecer en los diccionarios de gallego, como «atorrantes», «chuletas» o «provocadorcetes»... De RH nada, porque, los alaveses son de los menos «arzallescos» del País Vasco. Lo que es la pasión: en medio de mis nervios y ansiedades llegué a odiar a los alaveses, particularmente los últimos minutos. ¡Cómo podemos perder tanto la cabeza por el amor a los colores! Y esto que a mí, Victoria, me cae especialmente bien: sus referencias para mí eran el vino tinto de la Rioja alavesa, los naipes de Heraclio Fournier y el recuerdo que me contaban mis mayores de aquellos monstruos del fútbol Ciriaco y Quincoces, la mejor defensa que tuvo el mítico Ricardo Zamora... Si hasta, recientemente, hube de acondicionar una «bodeguilla» en Leza, que compré a una gran coruñesa, que ya hoy no entre nosotros. Y, después, lo del trencilla de turno, el arbitrillo, que cada vez da más pavor. Aunque bien pensado, que no me los quiten, que sus fallos son la pimienta, la mostaza y hasta el curri del aficionado. Y nuestro Presi, aguantando, como si lo hubiesen «lacado»: tanto mérito como el del esfuerzo del Dépor. Terminando esta columna la radio me alerta de otro coche bomba en el centro de Madrid: esto sí que es para ponerse de los nervios, pues ya no se trata de «arrichados». Es la maldita escoria, la lacra, un buen tema para reflexionar hasta hoy, pues para algunos siguen siendo sólo los equivocados. redac@lavoz.com