Los trabajadores de Santa Bárbara reciben con indignación la noticia de la venta a los americanos El Mister Marshall de Berlanga no habría disfrutado ayer de una buena acogida en la Fábrica de Armas. Muy probablemente, no hubiesen sonado cantos de bienvenida a su llegada. Es más acertado pensar que los trabajadores habrían optado por sacarlo a pedradas del recinto. Los americanos no son recibidos allí con excesiva alegría. La venta de la empresa a los «yanquis» ha causado gran indignación entre los operarios que, hasta el último momento, mantuvieron la esperanza de que la entidad no se privatizara.
31 mar 2001 . Actualizado a las 07:00 h.No es que los trabajadores de la Fábrica de Armas sientan animadversión por los nacidos bajo el emblema de las barras y estrellas. Es simplemente que la mayoría no ve con buenos ojos que Santa Bárbara acabe siendo dirigida por gestores ajenos a la Administración Pública. Pasadas las dos y media de la tarde, los operarios salen del recinto. Apuran el paso hacia los autobuses que los trasladarán al centro urbano de A Coruña. No están de muy buen ánimo. Comenzaron su turno como cualquier otro día y salieron pensando en tomar lecciones de inglés, por si las moscas. «Que siga Santa Bárbara» José Gónzalez lleva 27 años trabajando en la empresa. Él no tiene preferencias por americanos o alemanes, «lo que a mí me gustaría es que siguiera siendo Santa Bárbara», afirma rotundo. No quiere que la propiedad deje de ser pública debido a que «hasta ahora se demostró que todas las empresas que se privatizan terminan cerrando». El ejemplo lo tiene muy cerca: «sino, mira lo que pasa con la Fábrica de Tabacos», apunta. Negocios oscuros No son pocos los operarios que creen que la reconversión interesa a unos cuantos que obtendrán beneficios «un tanto oscuros». Así lo asegura Luis Suárez, que dice tener claro que «alguno va a cobrar un buen cazo». Para él, la mejor opción era «entrar en un consorcio de igualdad en el que participaran gobiernos europeos, como se planificó». Tampoco duda que la medida «es una sentencia de muerte a cinco años. La especulación acabará por cerrar la empresa, como ocurre con todas las que se levantan en un suelo con un valor como éste». No falta tampoco quien prefiere pensar que la solución escogida no es del todo mala y que los empleos se mantendrán indefinidamente. Pero el número de optimistas es reducido.