Desembarco juvenil en Gandarío

G.L.V BETANZOS

A CORUÑA

GUILLERMO LIAÑO

Durante la época estival el mítico albergue se convierte en destino ideal para cientos de adolescentes Naturaleza envasada al vacío al filo del arenal de Gandarío. A su orilla se levanta el albergue más refrescante sobre la Costa da Morte, sin paréntesis invernales. Una invasión adolescente descubre placeres de salitre y viento. Son quince días de sensaciones pasadas por agua y amistad inolvidable. Travesías en barco, meriendas de corte playero y el mar como protagonista. Para muchos la experiencia no basta y repiten al año siguiente. Y de paso los progenitores de rigor se toman un merecido reposo.

17 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

El albergue tiene su historia, sesenta abriles en las alforjas y un porvenir delicioso. Cincuenta mil metros cuadrados de arboleda y jardines, barracones incluídos y playa sin escrúpulos en la desembocadura del recinto. La apoteosis juvenil brota en pleno verano, pero la oferta no conoce de estaciones. En inverno el asunto también funciona, sin censuras climatológicas de turno. El surtido marinero es de los que desatan adrenalina y glucosa. El océano como denominador común y la rutina en la antesala del destierro: cerámica, fotografía, biología marina, vela, esquí acuatico, buceo y todo un desfilar de quehaceres líquidos sin tregua. Pensión completa y ocio Las estancias van por grupos y edades, de 13 a 15 primaveras los yogurines, y hasta 17 los maduros de pubertad. También se organizan programas para abuelos, con caducidad a los 30 años. El precio tampoco tiene desperdicio, desde 20.000 rubias hacia arriba, gastronomía, actividades y catre incluídos en factura. A partir de medianoche, silencio sepulcral. La jornada matutina comienza a las 8.30 y en términos teóricos el cansancio aprieta. Luego el chismorreo se desata entre sábanas. Y es que en pabellones de cuarenta criaturas, que dormitan en grupos de ocho, silencio puntual es asignatura complicada. Para los monitores del centro «esa la esencia de roncar en grupo, pero con límites, que sino ésto se desmadra». El albergue juvenil de Gandarío cuenta con una capacidad para doscientos inquilinos y veintisiete monitores entre bastidores. En general, todos los rapaces que se asoman son buena gente y «uno termina por cogerles cariño, con lágrimas desbocadas el día de la despedida», suspira una de las monitoras. El rancho es todo un lujo de opciones culinarias al consumidor inmediato, con platos a elegir y postre resultón. Salpicón, carne asada y helado si se tercia, no sea que el estómago se aflija. Las relaciones paternofiliales se declaran en huelga durante el exilio adolescente. «A los padres no se les suele ver», nos cuentan los encargados. Y es que la cosa tiene su lógica, sobre todo en tiempos de pavo.