Cuando se abre una nueva etapa que supone un cambio sustancioso con lo anterior, pasar página y no mirar atrás es imperativo. Que no es lo mismo que olvidar tu propia historia. Rememorar el pasado constantemente cuando se pretende construir es justamente lo que imposibilita un futuro fructífero. Los cambios en el Lugo ya están aquí, los nuevos han llegado; y seguir dándole vueltas a lo que pudo haber sido y no fue no parece que sea lo más inteligente. Esa es la realidad. Afrontarla cuanto antes por todos simplificará las cosas.
Eso no impide que uno vea interrogantes en esto que hacen llamar pomposamente como «proyecto». Tiempo a criticar habrá de sobra. Pero dejemos trabajar al nuevo Consejo de Administración y no lo matemos antes de tiempo. En todo caso, cualquiera que siga el día a día del club rojiblanco sabe cuáles son sus puntos débiles y que algunos cambios son necesarios, entre ellos amplificar la repercusión social del Lugo en la ciudad y modernizar ciertos aspectos del engranaje de su maquinaria. Pero sería un error de bulto que se confundiese retocar con derruir. La herencia que dejan los salientes es muy valiosa en muchas cuestiones. El aficionado valorará que no se realice una limpieza étnica por el mero hecho de haber estado con los «otros» y se aproveche la experiencia de los que llevan trabajando muchos años en la gestión de un club de élite. El otro error garrafal sería considerar a un club deportivo como una empresa al uso. Por mucho que sea una SAD y que haya que cuadrar las cuentas al final del ejercicio, el producto que ofrece esta «empresa» es mucho más que algo tangible y material. Es pasión, sentimiento, orgullo, y el consumidor es una colectividad. Por eso, que todos los nuevos consejeros entrantes vengan del mundo de la empresa y que apenas se les conozca vinculación alguna con el mundo del deporte, genera dudas e inquietud. No es el punto de partida más sencillo, desde luego. En todo caso, deberán luchar por ganarse la confianza del aficionado lo antes posible con su gestión, que será su aval. Y el tiempo, juez implacable, dictará sentencia. Esperaremos expectantes a que se sucedan los acontecimientos.