El 11 de mayo pasará a la historia como la fecha en la que se bajó el telón para los gestores más exitosos en los 62 años de vida del Lugo. Una serie de rocambolescas carambolas, en la que la totalidad de los actores implicados tienen responsabilidad, por acción u omisión, ha conseguido liquidar de un plumazo a los que nos han traído hasta el glamuroso fútbol profesional. Con un modelo de gestión cabal y razonable, el presidente Bouso fue capaz de llevar la nave rojiblanca hacia caladeros inimaginables hace una década. Como todo, podría ser mejorable, desde luego, pero es más que complicado señalar lunares o puntos débiles en su gestión.
Llega un tiempo nuevo, un período en el que el nuevo propietario pretende profesionalizar y modernizar el club, como si el Lugo de hoy fuese un arcaico Minardi con poco más que ruedas y volante en el elitista mundo de los modernos monoplazas de competición. Por eso, lo que no acaba de entender el aficionado es si es necesaria la demolición del edificio que tan bien lucía y tanto trabajo ha llevado construir. Si algo funciona bien, dinamitar de cuajo los cimientos escapa a la razón. La limpieza étnica que se llevará a cabo con cualquiera que huela al pasado podría ser impactante.
El tiempo pondrá a cada uno en su sitio. Los nuevos gestores tendrán que demostrar que se puede hacer aun mejor. Difícil, pero es posible. Pero la confianza hay que ganársela, día a día, con coherencia en los actos y acierto en las decisiones. Lo que viene a ser poner en marcha un proyecto deportivo. Una palabra demasiado sobada que parece la panacea y no lo es. El proyecto: un ideal, una forma de hacer las cosas, mucho más que un borrador de un puñado de páginas escritas a ordenador para cubrir el trámite. La pólvora se inventó hace ya mucho.
La etapa más brillante del club rojiblanco se cierra en falso en medio del fuego cruzado entre trincheras y con una silenciosa retirada por la retaguardia de los héroes que debieran pasar con todos los honores al Olimpo futbolístico.