En los 62 años de existencia del Lugo, jamás se produjo una lucha fratricida de estas dimensiones por el poder del club. Y, quién sabe, si de unas consecuencias devastadoras irreparables. El futuro lo dirá. El presente, al menos, ofrece esta respuesta: una profunda división de la masa social, una guerra civil abierta y cruenta, al tiempo que los acontecimientos se van sucediendo hacia un final con un vencedor, Saqués, y unos vencidos, encabezados por Bouso y custodiados por una gestión deportiva y económica difícilmente igualable y superable. Este listón es el que tiene que nivelar o superar el aspirante, en medio de un clima irrespirable, creado y derivado de su propia candidatura y la derrota de la oficialista. Y llegados a este punto, una pregunta obvia: si en estos 62 años de historia, jamás hubo lucha por el poder del club, ¿por qué ahora sí y a qué nivel de efervescencia? El más lerdo de la clase tiene la respuesta: antes no le interesaba a nadie nadar en la miserable existencia del Lugo y rascarse su propio bolsillo para llegar a fin de mes, y hoy resulta un caramelo apetecible para el más pintado. Un club asentado en la Liga Adelante, saneado y envidiado por su política de austeridad y rendimiento. Aquel inolvidable 24 de junio de 2012, con un Carranza enmudecido ante el decisivo penalti transformado por Manu, quedará en la retina como el cénit de la época más gloriosa del equipo rojiblanco. Tres años más tarde, con el equipo a punto de lograr su tercera permanencia en la Liga Adelante y su cuarta temporada consecutiva en la misma, se produce uno de los hechos paradójicos más insólitos e inaceptables que puedan suceder: dentro de este eslalon hacia no se sabe qué cumbre gloriosa, un inquilino pleno del Olimpo de plata de nuestro fútbol está inmerso en una trágica guerra civil que amenaza su propia supervivencia. Y creo no exagerar. Lo que se supo llevar con excelente tacto por los políticos lucenses para constituir la inevitable SAD, ahora se ha tirado por la borda por la nefasta política de adjudicación del accionariado. Y el aficionado se pregunta: ahora que todo iba viento en popa, ¿qué va a pasar? La respuesta la tiene el señor Saqués, que, si no ha contado con nadie de los que se van, al menos, que convenza a los que se quedan.