Decía Setién al concluir los noventa minutos contra el Mallorca, que no recordaba «un partido tan cómodo y tan tranquilo». Eso mismo pensarían los 3.500 fieles que se frotaban los ojos con el 3-0 que reflejaba marcador tras solo 24 minutos de encuentro. Más que acostumbrados al sufrimiento, a los partidos que se aprietan en la recta final o a las remontadas de última hora, ni los más fieles recordaban un choque tan plácido. Enfrente, un Mallorca venido a menos, en situación de guerra institucional desde hace años, que lo sitúa en las antípodas de la paz social necesaria para conseguir objetivos deportivos. Los navarros del Osasuna también podrían explicar cómo se hunde un trasatlántico cuando el casco se llena de vías de agua. El velero lucense no es comparable con ellos, pero es igualmente susceptible de irse a pique cuando el patrón no se entiende con los tripulantes y el rumbo tomado es errático.
Tirando de memoria, la última tarde sosegada en el Ángel Carro pudo haber sido aquella contra el bisoño Jaén, que pagó la novatada con un 4-1 en contra al descanso. Eran días en los que el personal, cuando se aburría, practicaba amagos de ola entre ojeos desganados al móvil y viajes a por la desnaturalizada cerveza de la cantina. Ahora, el entretenimiento de bastantes radica en ejercer su derecho a expresarse a través de cánticos y demás chanzas en contra y a favor de Saqués. Mientras unos pitaban con la boca, otros cuantos les hacían frente con silbatos. Muy edificante todo, y con unas perspectivas de futuro para echarse a temblar. Por cierto, el Lugo juega este sábado en Sabadell. Con tanto pito, puede que a más de uno se le olvide.