Se pueden utilizar toda clase de coartadas para maquillar la derrota (por cierto, merecida) de Mendizorroza. Que si la Copa dejó exhaustos a los lucenses (el Alavés también se buscó con éxito las habichuelas en Anduva) en 120 minutos de juego en el Villamarín, que si el equipo vasco tampoco mostró demasiadas virtudes, etcétera. Pero existe una máxima en esta historia: el Lugo volvió a repetir su atonía viajera, donde el equipo está dominado por una timidez ofensiva casi patológica y donde la actitud de los locales suele superar de largo a la timorata voluntad del equipo de Setién. Al Alavés le bastó con una presión sostenida sobre la salida del balón, para que las flaquezas defensivas lucenses quedasen al desnudo y los fallos en cadena para sacar el cuero jugado desde atrás no sufriese un prolongado cortocircuito. Hasta el punto de que en el minuto 8, Jon Vélez, el villano local de la noche, comenzó a escribir su leyenda negra del partido al despilfarrar el doble regalo de Borja Gómez, en el despeje, y Dani Mallo, en la salida, rematando fuera a puerta vacía. El mismo guion se repitió en el minuto 59, con un pase magistral hacia atrás de un desafortunado David Ferreiro, al mismo receptor, Jon Vélez, que se volvió a quedar solo, pero la salida a la desesperada de José Juan tapando ángulo le impidió marcar a puerta vacía. Hasta entonces, se explicaba perfectamente esta dicotomía del cero a cero: el Lugo ni llegaba arriba y así era imposible que estrenase su casillero, y el Alavés justificaba su prolongada sequía realizadora. En una situación semejante, solo hay una solución: poner en liza a un «killer», si lo tienes. ¿Lo tiene el Lugo? Lo sigue buscando entre sus existencias, pero no lo ha hallado por ahora. Por eso sufre lo que sufre, y tiene que aferrarse al clavo ardiendo de no encajar goles. ¿Lo tiene el Alavés? Sí, pero en conserva. Su entrenador solo lo llama en las emergencias, como en Anduva y ayer. Sí, pero, oh casualidad, fue el que le abrió la lata de los dos triunfos consecutivos, Copa y Liga. El Lugo lo pagó en sus carnes, porque un gallego, Manu Barreiro, casado con el gol, le hizo uno definitivo y espectacular a José Juan. Y dictó una sentencia justa. Y eso que Lolo Plá estrelló su tercer remate en la madera desde que llegó cedido desde Lisboa. Antes, un agotado Luis Fernández apenas había existido. Antes, una alicaída defensa lucense y una pareja de medios disminuidos físicamente, habían sido incapaces de impedirles a los delanteros locales recibir de espaldas y encarar de frente. Un Lugo, en suma, muy alejado de la línea más que aceptable de los últimos partidos, que fue una sombra de sí mismo, permitiéndole al Alavés madurar cómodamente un resultado que firmó su único «killer». Los que deciden arriba.