Con la visita al histórico Villamarín a la vuelta de la esquina, el debate sobre la Copa del Rey vuelve a estar caliente encima de la mesa. Un torneo depauperado, sin ningún tipo de interés más que no quedar debilitado ni en lo económico ni en la parte deportiva; que de un tiempo a esta parte arranca con la única incertidumbre de saber qué estadio albergará la enésima final del siglo entre Madrid y Barcelona. Con un modelo de competición rancio por previsible y falto de emoción, su permanencia en el tiempo es más una cuestión de cumplir un trámite anual que un ejercicio de devoción como realizan los británicos, guardianes de sus tradiciones, con la suya.
Para el 90% de los equipos, estos partidos sin sentido en mitad de la semana son un marrón que hay que quitarse de encima lo antes posible. En el aspecto deportivo, la imposibilidad de preparar la jornada liguera manteniendo el esquema habitual de trabajo supone un gran trastorno, mucho peor aún si la bolita del sorteo dictamina que toca viajar. Desde Lugo a Vitoria, vía Sevilla: ese es el cargado menú kilométrico para esta semana. Atravesar toda la península antes de competir por tres puntos, que es lo que verdaderamente da o no la vida para la temporada que viene. Económicamente, una ruina. Ya sea en casa o fuera, porque soñar con el sinsentido que caiga un grande por el Ángel Carro resulta más improbable que acertar la combinación ganadora de la Primitiva. Y sobre todo, una pérdida de tiempo.
Habrá quien diga que tirar una competición con descaro va en contra de la deportividad, la honradez y la competitivad mas elementales; puede ser cierto. Pero cuando se dispone de recursos ajustados y se tiene claro el objetivo deportivo del club, actuar con inteligencia y eficacia debería ser una prioridad. Disfrazarse de superhéroe copero al estilo Alcorcón o Mirandés pasa muy de cuando en vez, y a un coste muy alto. Para irse de copas, mejor que sea por la Ruanova.