El histórico triunfo del Lugo en La Romareda fue el premio justo al desarrollo del juego, y la fidelidad a una filosofía
08 sep 2013 . Actualizado a las 18:50 h.Las cuentas de los descendidos son sencillas para recuperar la categoría: puntuar fuera y convertir el feudo propio en inexpugnable. Pero se convierten en las de la lechera, cuando el rival sabe jugar sus cartas. Por eso, el histórico triunfo de ayer del Lugo en la Romareda, con un impecable testarazo de Rennella al no menos impecable centro de De Coz, fue el premio justo al desarrollo del juego, y la fidelidad a una filosofía. Sorprendió Setién con la salida de un centrocampista más, Álvaro Peña. Logró tener mucha más posesión y que la telaraña lucense del centro del campo, con la defensa muy adelantada y las líneas muy juntas, cerrase los espacios para el contraataque y el propio ataque estático maño. Eso permitió que el mando del Lugo durante los primeros 35 minutos fuese absoluto. Solo la tibieza para ir con fe a los remates de las numerosas subidas de los laterales, De Coz y Manu, con sus correspondientes centros al corazón del área del Zaragoza, resultaron estériles. Esa falta de pegada impidió la ventaja en el electrónico. Solo eso, porque José Juan apenas se vio inquietado en este primer período. Paco Herrera puso a Cidoncha para equilibrar la posesión y lo logró. Pero ni así, aunque los peores minutos del Lugo fueron los veinte primeros del segundo período, cuando el Zaragoza apretó con más rabia que cabeza. Con el 0-1 surgió un fallo garrafal de José Juan en un fácil despeje, dejando la portería desguarnecida. Pero el poste, primero, y el remate final al rechace de Cidoncha, después, fuera, abortaron el empate del Zaragoza. Pero bastante tuvieron los de Quique soportando cuatro tarjetas consecutivas al comienzo. Los últimos minutos volvieron a ser de mando lucense, y les escondió el balón a los maños. La grandeza del fútbol solo está en el campo.
