Nadie puede negarle al Lugo, pese a sus habituales altibajos, el éxito de haber cerrado los dos últimos ejercicios participando en la fase final de la élite del bronce. Mayo es, pues, y ha vuelto a ser, la antesala del intento de dos ascensos consecutivos a la plata de ley de nuestro fútbol. Diríamos que, en el primero del año pasado, se rozó el éxito total, y el equipo murió en la orilla de la gloria. Esta vez, con una peor clasificación a cuestas (tercero), el primer rival de un largo recorrido de tres match ball, el Eibar, abre esta tarde a orillas del Miño una eliminatoria apasionante y abierta. Sin favoritos a priori, aunque el currículo sea ampliamente favorable al cuadro visitante. Pero los antecedentes y la historia apenas cuentan, siempre y cuando cada equipo sea fiel a su estilo y sepa manejar los tiempos del partido con la madurez propia de una eliminatoria de esta envergadura. Para el Lugo, solo hay una hoja de ruta para esta tarde y las siguientes, si éstas se prolongan en el éxito: la fidelidad a su filosofía. Y esa fidelidad lleva emparejadas dos premisas primordiales para ganar hoy y dentro de ocho días: máxima concentración y paciencia. Hay que dejar en el vestuario los nervios y las precipitaciones. A partir de ahí, sin las habituales y nefastas concesiones atrás, el asalto a la meta armera tampoco va a ser sencillo. Simplemente, porque el equipo lucense ha de derribar el muro visitante, que buscará en el contraataque las oportunidades que le permitan adelantarse en el marcador. Queda otra faceta primordial a desempeñar por la afición lucense, ya habituada a este tipo de efemérides últimamente: convertir el Anxo Carro en una olla a presión. Sin desmayos ni comportamientos fuera de lugar. No hay presión para el ascenso, y ésa no deja de ser una ventaja dentro del grado de exigencia del evento. Mayo es la antesala de todo ascenso. Llegar a junio con vida es el objetivo. Y la cita de hoy es de las inevitables.