El hecho de que el Lugo haya sido desahuciado del liderato y la desventaja con el nuevo inquilino, Castilla, sea ahora de siete puntos, es la consecuencia de los altibajos del equipo de Setién en el último tramo del campeonato. Solo a base de leves arreones que resucitan de forma esporádica al firme aspirante de la primera vuelta, el Lugo se mantiene en esa cerrada lucha por los puestos promocionistas. Y esa irregularidad se produce de forma más o menos continuada, sobre todo, en el plano individual. Jugadores como Berodia, Isma o Rubén García, con una calidad contrastada, alternan actuaciones convincentes con otras más opacas. Jugadores capaces de marcar diferencias y decidir resultados, pasan desapercibidos en otras jornadas sucesivas con un rendimiento intrascendente. Y no importa el rival que esté enfrente, sino la propia idiosincrasia del jugador. Capaz de lo mejor o lo peor, en función del momento. Esta disyuntiva se transmite indefectiblemente al rendimiento colectivo, y el técnico se quema las pestañas estudiando a los hipotéticos titulares del siguiente compromiso, independientemente del capítulo de sanciones y lesiones. Tarea tan ingrata como agotadora.
El empate de ayer en Canarias ante un amenazado de descenso Vecindario, con un primer tiempo de dominio y mando absoluto lucense, y una segunda de color local, no le sirve a los rojiblancos ni para recuperar la segunda plaza (ahora ocupada por el Albacete), ni siquiera para recortar distancias con el líder, que tampoco pasó del empate en Valdebebas ante La Roda. De nuevo se hace imprescindible recuperar viejas sensaciones perdidas y lograr otros tres puntos el próximo domingo en O Anxo Carro, ante el difícil filial del Sporting. Solo así se mantendrá intacto el objetivo de la promoción. Pero para ello, algunos tendrán que recuperar su propia identidad. Sin más disfraces, porque el Carnaval ya pasó.