La temporada comenzó con la inercia ganadora del curso previo. El continuismo alcanzaba cotas insultantes desde la óptica rival. Meses después, lo que antes era brillantez se tercia en espesura. La pelota fluyó en la matinal madrileña casi en exclusiva por las botas lucenses. La inestabilidad, denominador común de los filiales, se hizo patente. Si bien el Lugo no es el mismo que el del prólogo de campaña, tampoco presenciamos el barroquismo que ofreció el Atlético B en el Anxo Carro. Especuló y fue incapaz de disputar a los de Setién el patrón del cuero. Respiró en tensa calma Diego Rivas a raíz de la superioridad rojiblanca. El liderazgo no se tradujo en profundidad hasta el último cuarto del envite. Difundió el Lugo una sensación de conformismo. Lógicamente, no era tal. La tabla se comprime. Se desperdició una nueva oportunidad de asalto al trono. Las líneas se desperezaron a deshora. El entrenador arriesgó sumando más armas ofensivas. El equipo basculó de la posesión sin llegada al dominio con mayor velocidad en la asociación. La búsqueda del último pase se descentralizó hacia la cal. El Lugo ha conquistado un cartel, pero el prestigio es transitorio y para pervivir en él es preciso afán constante durante los noventa minutos.