Las muestras de afecto de la hinchada llevaron a un epílogo de cine
27 jun 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Directos a la historia, aunque el cielo de Segunda División tendrá que esperar. Lo nunca visto en el Ángel Carro sucedió en la tarde de ayer. Desde dos horas antes del partido, la entregada afición del Lugo se agolpó a las puertas de su coliseo para alentar a la escuadra de Setién en el camino hacia la gloria. Antes, el centro de la ciudad había sido envuelto por cánticos y colores rojiblancos.
La afición lucense ha resurgido con fiereza. Los ánimos a favor de los locales inundaron el ambiente del Ángel Carro desde muchos minutos antes de que el cuero echase a rodar. Y amparados tras el corazón de un equipo que quiere escribir páginas de gloria a las orillas del Miño, las bufandas flotaron unidas cuando por megafonía sonó el You?ll never walk alone, el himno del Liverpool.
El empuje del graderío fue una constante. En cada ocasión de gol local, la hinchada remató a portería con el pensamiento. Y en cada decisión polémica del árbitro, el público reaccionó con virulencia. Lo único que importaba era llevar al triunfo a los de Setién.
El tanto de César Remón, cuando el primer tiempo languidecía, cayó como un jarro de agua fría en medio de la asfixiante temperatura. Ya sólo quedaba apelar a la épica para sellar una remontada que perdurase en los registros históricos.
Pero no pudo ser. En la segunda mitad, las fuerzas flaquearon y las cabezas se nublaron. Pero no palideció el color de una afición entregada a un sueño que cada vez se alejaba más.
Grandeza en la derrota
A medida que el ascenso se evaporaba del Ángel Carro rumbo a Alcoy, los hinchas visitantes comenzaron a celebrar una fiesta en su rincón del campo. Pero la afición local no les fue a la zaga. En la primera derrota de la temporada en su estadio, el calor de la grada rojiblanca se notó en cada instante del desenlace de un brillante curso.
«¡Lugo, Lugo!» retumbó en la atmósfera del Ángel Carro. Y el cariño de la afición amortiguó el impacto de una gran decepción. Durante los minutos de prolongación, la hinchada coreó el nombre de Quique Setién, que no pudo contener el llanto. Posiblemente, pocos entrenadores podrán presumir del afecto que el cántabro recibió ayer.
La afición del Alcoyano se sacó el sombrero ante la deportividad de la parroquia local y José Bouso, presidente del club, no pudo reprimir las lágrimas cuando el público rojiblanco que había invadido el campo coreó su nombre con la mirada fija en el palco. Volaba el sueño de la categoría de plata, pero se sembraba una semilla de ilusión de cara al futuro inmediato.
El ascenso puede esperar. Pero el presente brindado por una afición más entregada que nunca se convirtió en un orgullo que desearían para sí mismos clubes de Primera División.
Una hora después de que el colegiado decretase el final del partido, los hinchas rojiblancos aún se agolpaban en la salida de los vestuarios. El corazón rojiblanco late como nunca.
crónica viaje hacia el éxtasis en el ángel carro