El Lugo aprende a hacer goles y cede su puesto al Sporting B

A. H. LUGO

CDLUGO

FÚTBOL / SEGUNDA B

14 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La evolución del fútbol desde los más bajos estratos puede advertirse en el Lugo 2001-02. Las etapas de gestación del valor supremo del juego, esto es, el gol, quedan remarcadas en cuatro meses de senderismo por la calle del merodeo. Eso llevaba haciendo: dar rodeos, ora en busca de su propia identidad, ora huyendo de su angustia, ora olfateando la meta rival. El plantel rojiblanco nació triste, en cuna humilde; cuando creció vio a su padre -el entrenador- cómo caía fulminado en una guerra por la confianza; y en su adolescencia empieza a comprender que la vida es bella, y, según se mire, el fútbol, también. Díaz se ha vuelto a poner el batín de profesor, con sus gafas resbalando por la nariz como siempre para dar movimiento a su dedo índice, que lo mismo sirve para devolver las lentes a su sitio que para corregir con firmeza un movimiento poco acompasado de Rafa en un contraataque, por ejemplo. «La ge con la o, go; la ge con la o con la l, gol», manda repetir a su nueva camada, después de armar al bloque atrás con su sistema militarizado. «Goool», cantan al unísono sus chicos. «Que no, que no, que de momento, es gol», replica él. El Lugo ha marcado un tanto por sus propios medios. O casi. Antes lo había hecho con la complicidad del contrario. Primera fase. Ante el Sporting B lo logró mediante un penalti en el que Pibe puso el alma y sacó el barro al esférico. Segunda. Y eso que se hizo esperar. Desde que Joaquín cayó en el área tras un eslalon hasta que Pibe encaró el balón transcurrieron tres minutos, como si el colegiado quisiera detener un instante tan trascendental. La lluvia había borrado el punto fatídico y las discusiones hicieron interminable el momento. Cuando convirtió el penalti el hispano argentino ni subió al marcador, quizá oxidado por falta de uso en los dígitos locales. Lo hizo después. Queda la última etapa: el gol en jugada. Lo demás fue lo de siempre. A los socios y espectadores del Ángel Carro habría que hacerles un descuento, porque, al margen del decorado y los actores secundarios, abandonan el coliseo próximo al Miño con la sensación de que asisten cada tarde a la misma función. El equipo es cortito, faltan incisiones por las bandas, pero la música es otra vez la suave melodía de salvación con apuros. El maestro de Cesuras maniató al conjunto gijonés como si tal cosa. Ni siquiera tiene remilgos en anunciar todos sus planes con (Pasa a la página siguiente)