Escribe Ramón Romar una nueva entrega de su serie «Mi aldea del alma»
10 ene 2026 . Actualizado a las 22:49 h.Desde que me jubilé, hace ya 27 años, vengo escribiendo mis recuerdos, muchos inverosímiles, pero todos reales. Cada vez somos menos los que podemos contar cómo era la dura vida de los niños en la aldea, y es bueno que quede escrito.
Durante siglos las costumbres no se movieron. Una prueba la tenemos en las Memorias del cura liberal don Juan Antonio Posse y en mi libro Ancestros y vivencias. Juan Antonio nació en Soesto en 1766, y yo nací en Baio-Fornelos en 1940, y, como se puede apreciar, en 174 años la vida de los niños no había cambiado nada. Los dos coincidimos en la tierna infancia en que comenzaban a trabajar, mal vestidos, mal alimentados o de cómo le pegaban, en algún caso brutalmente. Me refiero a los niños, pero en realidad no se debió mover nada. Los primeros movimientos debieron comenzar en 1934 con la carretera Baio-As Grelas y la de Fornelos-Castrelo en 1935.
Más tarde, en 1942, se instaló la luz eléctrica. Pero el cambio más importante no se produjo hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa comenzó a reindustrializarse y España le seguía de lejos. En aquel momento la construcción necesitaba mucha madera, los pinos se revalorizaron de manera exponencial y se instalaron dos aserraderos.
Los pinos y el sacrificio
Gracias al valor de los pinos y al sacrificio de mis padres, en septiembre de 1954, cuando tenía 14 años, me fui a estudiar a A Coruña. Esto supuso un cambio radical en mi vida. Al llegar al colegio descubrí el odioso bullying. Era el objetivo ideal. En clase éramos cerca de 80 alumnos. El menor tenía menos de 9 años (no había hecho la Primera Comunión), y yo era el mayor con 14 («el abuelete», me decían). Lo más triste era que el pequeño estaba más preparado que yo. Por no saber, yo no sabía ni hablar bien castellano, y en A Coruña el gallego era para los bares, el trabajo fuera de la oficina y poco más.
El colegio se llamaba El Ángel de la Guarda, pero su nombre no hacía honor al comportamiento del profesorado. Los alumnos lo conocían por «la Checa» (centro de detención y tortura). Allí había todo tipo de castigos, sobre todo basados en la ley la letra con sangre entra, que aplicaban a diestro y siniestro: bofetadas, pegar con la regla o con una varita de mimbre en la palma de la mano...
A pesar de haber ido a clases particulares durante un año, para prepararme para el ingreso en perito mercantil, de gramática no sabía lo que era un verbo ni un pronombre, o sea, nada de nada. El primer día, don Luis, el subdirector, puso de tarea conjugar el verbo amar. Intenté aprender algo, pero en el libro no aparecían los pronombres, y aquello era un trabalenguas. Al día siguiente me correspondió decir el pretérito perfecto, y como no sabía de qué iba, me quedé mudo. Sin más explicaciones, el señor subdirector me dio tal bofetón que me corté la lengua, dejando claro que quien no sabía el significado del verbo amar era él. Pasé el fin de semana pensando qué hacer. Para casa no debía volver, así que decidí hablar con él y le pedí por favor que no volviera a tocarme. ¡Madre mía la que armé! Me llevó al despacho de director, y allí, nervioso y llorando, le expliqué mi situación, no sé si en gallego o en castellano, quizá mezclando los dos, pero me entendió perfectamente, e hice un gran amigo para los seis años que estuve en el colegio.
Los palos siguieron, pero a mí nadie me volvió a tocar. A algún compañero lo tuve que coger por la corbata y zarandearlo para ponerlo en su lugar, mientras que otros fueron mis profesores de gramática. Hacíamos los ejercicios juntos, donde yo aportaba mejores conocimientos en matemáticas. Me hice amigo de todos, de alguno para toda la vida.
El día 2 de octubre del año siguiente, día del patrón del colegio, el director, haciendo un resumen de año, me felicitó públicamente por ser «el alumno que más había progresado». Seguro que dijo la verdad, porque yo, en muchas cosas, había partido de cero.